Traición · Ficción breve

La encerraron para silenciarla, pero no contaban con lo que haría para sobrevivir

La encerraron para silenciarla, pero no contaban con lo que haría para sobrevivir — Parte 1
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El asfalto caliente del infierno

El sol de justicia de la meseta madrileña caía sin piedad sobre el patio de la prisión de Soto del Real. Para Sara, cada palada de grava pesada era un recordatorio físico de su estrepitosa caída en desgracia. Solo tres meses atrás, gobernaba las reuniones de una de las firmas financieras más prestigiosas de la capital. Hoy, sus manos, antes acostumbradas al tacto suave de los informes de inversión, estaban cubiertas de ampollas sangrantes y callosidades dolorosas.

A su alrededor, el murmullo hostil de las demás reclusas creaba una atmósfera cargada de violencia latente. Pero Sara intentaba mantener la cabeza baja, concentrada en el monótono esfuerzo de su tarea. Sabía perfectamente que en ese lugar, cualquier muestra de debilidad o de altivez era una sentencia de muerte. Desafortunadamente, su silencio no fue suficiente para protegerla de la tormenta que se avecinaba.

La encerraron para silenciarla, pero no contaban con lo que haría para sobrevivir

De repente, un impacto brutal en sus omóplatos la arrojó violentamente hacia adelante. Sara no tuvo tiempo de meter las manos; su rostro impactó de lleno contra el montón de piedras afiladas y polvo grisáceo. Un dolor agudo y punzante se extendió por su pómulo izquierdo mientras el sabor metálico de la sangre inundaba su boca. Antes de que pudiera recuperar el aliento, unos dedos gruesos y despiadados se enredaron en su cabello rubio, tirando de ella hacia atrás con una fuerza descomunal.

Era Begoña, la reclusa más temida del pabellón, una mujer cuya sola presencia imponía un silencio sepulcral en el patio. Con una sonrisa cargada de sadismo, Begoña obligó a Sara a mirar a las demás presas que observaban la escena con una mezcla de morbo y temor.

«He oído que fuera eras alguien importante. Aquí pareces una conejita asustada», siseó Begoña, desatando las risas burlonas de sus secuaces.

Sin embargo, en lugar de romper a llorar como todos esperaban, Sara sintió cómo una chispa de fría determinación se encendía en su interior. Levantó la mirada despacio, limpiándose la sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano. Sus ojos azules, antes apagados por la depresión, brillaron con una intensidad desafiante que congeló la sonrisa de su agresora.

Sus ojos azules, antes apagados por la depresión, brillaron con una intensidad desafiante que congeló la sonrisa de su agresora.