La verdad oculta tras la silla de ruedas del heredero de la mansión
El reencuentro inesperado
El aire de la mansión Alarcón estaba impregnado de un perfume caro y de una falsedad asfixiante. Las inmensas lámparas de cristal de Bohemia proyectaban destellos dorados sobre una multitud vestida con sedas y esmóquines. Para cualquiera de los presentes, aquella gala benéfica era el evento del año. Para Lucía, era el escenario de un rescate desesperado.
Llevaba un vestido blanco, sencillo y sin adornos, que contrastaba dolorosamente con la opulencia del lugar. Con paso firme y la cabeza en alto, se abrió camino entre los corrillos de la alta sociedad madrileña. Sus ojos buscaban un solo rostro. Ignoró las miradas de desprecio y los susurros despectivos de los invitados que la veían como a una intrusa.

Finalmente, al fondo del gran vestíbulo, lo vio. Sentado en una silla de ruedas, vestido con un traje de lino beige que acentuaba su delgadez, estaba Leo. A su lado, como un centinela implacable, se erguía Victoria, su tía, una mujer de unos cincuenta y cinco años con un impecable traje gris y una expresión de piedra.
Lucía no dudó. Se acercó al grupo que los rodeaba e interrumpió la conversación con una determinación de acero.
—He venido a por él —declaró Lucía, con voz clara y firme.
La música pareció detenerse. Victoria se dio la vuelta despacio, fulminándola con la mirada. El pánico y la furia se mezclaron en sus ojos perfectamente maquillados. Dio un paso adelante, bloqueando la vista de su sobrino.
—No deberías estar aquí —dijo Victoria en un susurro cargado de veneno.
—No estaba pidiendo permiso —replicó Lucía, sosteniendo la mirada de la matriarca sin pestañear.
Victoria, sintiendo que perdía el control de la situación ante los murmullos de los invitados, retrocedió un paso e intentó manipular a Leo.
—Espera. No la conoces —le dijo a su sobrino, intentando sembrar la duda en él.
—Sí la conoce —sentenció Lucía, ignorando por completo a la mujer.
Lucía dio un paso más y extendió su mano hacia el joven. Leo levantó la mirada lentamente. Al reconocer esos ojos que tanto había extrañado, un brillo de esperanza iluminó su rostro cansado.
—Eres tú... —susurró Leo, con una voz que apenas era un soplo de viento, pero que para Lucía lo significó todo.
”—susurró Leo, con una voz que apenas era un soplo de viento, pero que para Lucía lo significó todo.