Secretos de familia · Ficción breve

La verdad oculta tras el reloj de oro que destruyó a mi familia

La verdad oculta tras el reloj de oro que destruyó a mi familia — Parte 1
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Una invitada inesperada

El Palacio de los Alarcón resplandecía bajo la luz dorada de las majestuosas arañas de cristal que colgaban de sus techos altos. Las paredes de caoba tallada reflejaban la opulencia de una de las familias más influyentes de la alta sociedad madrileña. Entre la multitud de invitados ataviados con elegantes trajes de noche y joyas deslumbrantes, caminaba Lucía. Su sencillo abrigo gris oscuro contrastaba fuertemente con el lujo que la rodeaba, haciéndola sentir como una intrusa en un mundo ajeno.

Lucía avanzaba tímidamente entre las mesas del banquete, buscando con la mirada alguna pista sobre la misteriosa carta que la había citado allí. De repente, una figura imponente le cortó el paso. Era Victoria, la actual esposa de Carlos Alarcón. Vestida con un deslumbrante vestido verde esmeralda cubierto de lentejuelas, Victoria emanaba una autoridad fría y cortante. Miró a la joven de arriba abajo con un desprecio mal disimulado.

La verdad oculta tras el reloj de oro que destruyó a mi familia
—Márchate, por favor —susurró Victoria, con una voz tan gélida que helaba la sangre.

Lucía dio un paso atrás, desconcertada por la hostilidad inmediata de aquella mujer a la que nunca había visto en persona.

—¿Eh? —murmuró Lucía, con el rostro descompuesto por la confusión.

Antes de que pudiera exigir una explicación, un murmullo de alarma comenzó a extenderse por la mesa presidencial. En un rincón del salón, las manos de uno de los mayordomos abrieron con prisa un estuche de terciopelo y oro que se encontraba vacío. La valiosa reliquia familiar ya no estaba en su lugar.

En la mesa principal, Carlos Alarcón, un hombre de cincuenta años de porte aristocrático y vestido con un impecable esmoquin negro, se llevó la mano al pecho. Sus dedos buscaron desesperadamente la cadena dorada que siempre llevaba prendida en la solapa de su chaqueta. La cadena colgaba inútilmente, vacía. El legendario reloj de oro de la familia, custodio de un legado centenario, había desaparecido.

—Imposible —susurró Carlos con incredulidad, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones mientras el pánico se apoderaba de la sala.

El legendario reloj de oro de la familia, custodio de un legado centenario, había desaparecido.—Imposible —susurró Carlos con incredulida…