La verdad oculta tras la traición de mi esposa en aquel bar de carretera
El olor a grasa quemada y café recalentado flotaba en el aire del bar de carretera "El Cruce", un local de esos que parecen haberse detenido en el tiempo en mitad de la nada. Bajo la mortecina luz de los neones parpadeantes, el suelo con baldosas de ajedrez reflejaba el cansancio de los pocos clientes que se refugiaban de la tormenta. Sentado en una de las cabinas de cuero rojo, Leo sostenía una hamburguesa sencilla con manos temblorosas. Sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño, no se apartaban de la entrada.
Un encuentro inesperado en la carretera
De repente, la puerta de cristal se abrió con un chirrido metálico. Una ráfaga de viento frío y lluvia se coló en el establecimiento, trayendo consigo a una figura que Leo reconoció al instante. Era Lucía, su esposa desaparecida. Laccía llevaba una sudadera de color verde oscuro, con la capucha cubriendo parcialmente su cabello rubio. No parecía la misma mujer dulce con la que se había casado; su rostro reflejaba una frialdad implacable que le heló la sangre.

Lucía caminó con paso firme por el pasillo central, ignorando por completo la presencia de Leo. Su destino no era la cabina de su marido, sino la mesa del fondo donde se encontraba Martín, un motero corpulento y barbudo con un pañuelo negro en la cabeza. A su alrededor, varios miembros de su peligrosa banda observaban en silencio, como buitres esperando su momento.
Leo se encogió en su asiento, intentando pasar desapercibido mientras observaba la escena. Lucía se inclinó hacia Martín hasta que sus frentes casi se tocaron. El susurro de la mujer cortó el silencio del bar como un cuchillo:
—Ya sabes lo que tienes que hacer. Ahora mismo. Sin dudar.
Martín, con una voz ronca y profunda, asintió con la cabeza antes de ordenar:
—Rómpelo.
Al instante, la banda de moteros se levantó de sus asientos al unísono. Leo, contemplando la imponente estatura de aquellos hombres, sintió un vacío en el estómago.
—Uf, eso no pinta nada bien —murmuró para sí mismo, temiendo lo peor.
”Leo, contemplando la imponente estatura de aquellos hombres, sintió un vacío en el estómago.—Uf, eso no pinta nada bien —murmuró para sí…