Venganza · Ficción breve

La verdad oculta tras las rejas que mi peor enemiga intentó silenciar para siempre

La verdad oculta tras las rejas que mi peor enemiga intentó silenciar para siempre — Parte 1
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La chispa que encendió el infierno

El patio de la prisión de Soto del Real siempre olía a cemento húmedo y a desesperación acumulada. Aquella tarde, el sol caía plomizo sobre las paredes de hormigón y las altas vallas de espino que limitaban nuestro mundo. Yo caminaba despacio, con las manos metidas en los bolsillos de mi sudadera gris, intentando mantener la mente lejos de aquel lugar tan hostil. Pensaba en mi vida de antes, en la libertad que me habían arrebatado de forma injusta, cuando de repente un impacto brutal me sacudió por completo.

El cuerpo robusto de Beatriz chocó violentamente contra mi hombro, desestabilizándome y mandándome directamente al suelo polvoriento del patio. El dolor del golpe en la cadera fue agudo, pero la humillación dolió mucho más ante la mirada de las demás presas. Desde el suelo, levanté la vista para encontrarme con su rostro burlón. Sus rizos rubios brillaban bajo la cruda luz mientras me miraba con un desprecio infinito.

La verdad oculta tras las rejas que mi peor enemiga intentó silenciar para siempre
Mira por dónde vas la próxima vez.

Sus palabras cayeron como pesadas losas. Sabía perfectamente que lo había hecho a propósito para provocarme. Mientras intentaba recomponerme, una figura conocida se interpuso rápidamente entre nosotras. Era Samanta, una de las reclusas más respetadas del módulo, vestida con su habitual ropa deportiva. Su mirada era fría y decidida cuando se enfrentó a Beatriz, impidiendo que diera un paso más hacia mí.

No se cruzó en tu camino. Lo hiciste a propósito.

Beatriz solo soltó una carcajada cínica y se alejó con paso chulesco, dejándome con la sangre hirviendo de rabia. Esa misma noche, la tensión acumulada durante meses finalmente estalló en la cafetería. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido insoportable sobre las mesas de metal. El suelo estaba completamente mojado por la limpieza de la tarde. Al ver a Beatriz reírse de mí con sus secuaces en la mesa contigua, perdí el control por completo. Corrí hacia ella y la tacleé con todas mis fuerzas, derribándola sobre el suelo húmedo. Nos enzarzamos en una pelea salvaje, golpeándola una y otra vez, liberando toda la rabia acumulada de mi injusto encierro, hasta que los guardias nos separaron a la fuerza.

Nos enzarzamos en una pelea salvaje, golpeándola una y otra vez, liberando toda la rabia acumulada de mi injusto encierro, hasta que los…