La verdad tras la cicatriz: el millonario que intentó destruir a su hijastra militar
Anteriormente: Jésica regresó de la misión con graves secuelas, pero el verdadero peligro no estaba en el frente, sino en su propia familia y en un lujoso yate donde se desató la tormenta.
El contraataque del magnate
Roberto yacía en la cubierta, gimiendo de dolor mientras se sujetaba el pecho donde la bota del oficial García había impactado. El impecable traje de sastre ahora estaba sucio y arrugado. Sin embargo, la humillación física pronto se transformó en una risa gélida y desquiciada. Con la ayuda de la barandilla de acero inoxidable, el empresario se incorporó lentamente, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios.
—¿De verdad creéis que un policía de tercera y una lisiada pueden destruirme? —escupió Roberto con desprecio—. Estás fuera de tu jurisdicción, García. Un solo telefonazo mío al ministro y mañana estarás patrullando el rincón más oscuro y peligroso del país. Y tú, Jésica, estás indefensa. Nadie sabe que estás aquí.
En ese instante, tres hombres de la seguridad privada de Roberto salieron de la cabina principal del yate. Venían armados y con rostros inexpresivos, rodeando rápidamente al oficial García y a Jésica. La situación se volvió extremadamente peligrosa; en medio del mar, sin cobertura y superados en número, la vida de ambos pendía de un hilo. García mantuvo su arma en alto, apuntando a Roberto, pero la tensión en sus hombros delataba la gravedad del momento.

Fue entonces cuando Jésica, con una calma asombrosa que desconcertó a su padrastro, metió la mano bajo el cuello de su uniforme militar. No buscaba un arma física, sino algo mucho más letal para un hombre de la posición de Roberto. Sacó un pequeño dispositivo de grabación de grado militar, oculto tras su insignia del ejército.
—No estoy indefensa, Roberto —dijo Jésica, mostrando el aparato con una sonrisa triunfante—. Este micrófono ha estado transmitiendo en tiempo real cada una de tus palabras, incluyendo tu confesión sobre el atentado y tus amenazas de muerte, directamente al cuartel general de la Guardia Civil en tierra firme.
El rostro de Roberto se tornó completamente pálido. La seguridad que emanaba de su dinero y sus contactos políticos se desmoronó en un segundo al comprender que su propia arrogancia lo había sentenciado.
”La seguridad que emanaba de su dinero y sus contactos políticos se desmoronó en un segundo al comprender que su propia arrogancia lo habí…