Venganza · Ficción breve

El oscuro secreto carcelario que transformó una violenta rivalidad en una alianza inesperada

El oscuro secreto carcelario que transformó una violenta rivalidad en una alianza inesperada — Parte 1
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El patio del Centro Penitenciario de Zuera era un desierto de hormigón gris bajo un sol implacable que no ofrecía tregua. Para Juana, cada metro cuadrado de ese lugar representaba la injusticia de una condena que no le correspondía. Caminaba con la cabeza baja, intentando mimetizarse con las sombras de los muros, cuando el impacto llegó de imprevisto. Un hombro robusto y despiadado la golpeó con fuerza lateral, desestabilizándola por completo y lanzándola contra el suelo rugoso.

El dolor agudo en sus rodillas raspadas fue eclipsado de inmediato por la humillación. Al levantar la vista, se topó con la imponente figura de Nerea, la reclusa que controlaba el pabellón con puño de hierro. Nerea, con su característico cabello rubio y una sonrisa cargada de desprecio, se giró lentamente para saborear su pequeña victoria.

El oscuro secreto carcelario que transformó una violenta rivalidad en una alianza inesperada
Mira por dónde vas la próxima vez.

Juana apretó los dientes, conteniendo las lágrimas de impotencia. Sin embargo, antes de que el silencio del patio se cerrara sobre ella, una silueta con ropa deportiva se interpuso con firmeza. Era Salomé, una de las pocas internas respetadas por su estricto código de honor.

No se cruzó en tu camino. Lo hiciste a propósito.

Las palabras de Salomé desafiaron abiertamente la autoridad de Nerea, quien solo respondió con una risa burlona antes de alejarse. Pero aquella chispa encendió un fuego largamente contenido en el pecho de Juana. La sumisión había terminado.

El estallido en la cafetería

La tensión acumulada explotó poco después en el comedor, un espacio lúgubre iluminado por parpadeantes tubos fluorescentes. El eco de las bandejas metálicas y el olor a rancho pesado creaban una atmósfera asfixiante. Al ver a Nerea de espaldas junto a la mesa de servicio, Juana no lo pensó dos veces. Corrió con una determinación salvaje y la tacleó contra el suelo mojado.

Ambas rodaron en una violenta coreografía de golpes y forcejeos. Juana, poseída por meses de rabia acumulada, descargó su puño repetidamente sobre su opresora hasta que las alarmas comenzaron a aullar. Al ponerse en pie, con el rostro magullado pero la mirada encendida, Juana supo que su vida en prisión jamás volvería a ser la misma.

Al ponerse en pie, con el rostro magullado pero la mirada encendida, Juana supo que su vida en prisión jamás volvería a ser la misma.