Un matón de instituto me humilló en el suelo hasta que apareció un motorista misterioso
Anteriormente: Gael pensó que su día no podía empeorar tras ser humillado por el matón del instituto, pero la llegada de un misterioso motorista desenterró un secreto familiar que lo cambiaría todo.
Un secreto desenterrado
Intimidado por la imponente presencia y la mirada implacable del motorista, Agustín dejó caer la mochila mojada al suelo y comenzó a retroceder lentamente, antes de darse la vuelta y salir corriendo a toda prisa hacia la salida del instituto junto a sus asustados cómplices. Gael se quedó inmóvil en el suelo mojado, con el corazón desbocado la tiéndole con fuerza en el pecho y la respiración entrecortada por el susto. Martín se acercó a él con pasos lentos y decididos, estirando una mano fuerte y enguantada para ayudarle a levantarse del asfalto.
—¿Estás bien, muchacho? No dejes que gentuza como esa te pisotee —preguntó Martín, con un tono de voz notablemente más suave y paternal que el que había usado para espantar a Agustín.

—Sí, creo que estoy bien. Muchas gracias... —respondió Gael, limpiándose el barro de las manos mientras recogía apresuradamente sus cosas y cerraba la mochila. Miró al motorista con una profunda mezcla de gratitud y desconfianza—. ¿Quién eres tú? ¿Cómo sabías mi nombre y por qué me has ayudado?
Martín se quitó los guantes de cuero y buscó algo en el bolsillo interior de su chaqueta desgastada. Sacó una fotografía antigua, protegida con esmero por un plástico transparente, y se la entregó a Gael con dedos temblorosos. Al mirarla bajo la tenue luz de la tarde gris, el chico sintió un vuelco desgarrador en el estómago. En la imagen aparecía una mujer joven, hermosa y sonriente, de ojos idénticos a los suyos: era su madre, Elena, quien supuestamente había fallecido en un accidente de tráfico cuando él era apenas un bebé. A su lado, un joven Martín la abrazaba por la cintura con inmensa felicidad.
—Me llamo Martín, Gael. Y no he venido aquí por casualidad. Tu madre no murió en un accidente común, y el hombre al que llamas padrastro te ha estado mintiendo toda tu vida para proteger sus propios intereses —reveló Martín con absoluta seriedad.
Antes de que Gael pudiera procesar el impacto de aquellas palabras, un violento chirrido de neumáticos resonó en el aparcamiento del instituto. Un elegante coche negro de alta gama frenó bruscamente a pocos metros de ellos. De la puerta del conductor bajó Manuel, el padrastro de Gael, un influyente hombre de negocios de carácter frío y calculador. Su rostro, habitualmente impasible, se transformó en una máscara de pura rabia y odio al ver al motorista.
—¡Aléjate de él, Martín! —gritó Manuel, avanzando con paso firme mientras metía la mano sospechosamente dentro de su abrigo—. Te advertí que si volvías a acercarte a mi familia, lo pagarías con tu propia vida.
”Te advertí que si volvías a acercarte a mi familia, lo pagarías con tu propia vida.