Venganza · Ficción breve

Me encerraron para silenciarme pero en el patio de la prisión comenzó mi venganza

Me encerraron para silenciarme pero en el patio de la prisión comenzó mi venganza — Parte 2
Imagen del vídeo original

Anteriormente: Tras ser traicionada por su propia familia y enviada a prisión por un crimen que no cometió, Natalia decide que ya es hora de dejar de ser la víctima.

La red de traición

La aparente victoria en el patio pronto mostró sus peligrosas consecuencias. Esa misma noche, el sonido metálico de la cerradura de su celda despertó a Natalia. La oficial Cintia entró en la penumbra, sosteniendo un fajo de papeles y un bolígrafo. Detrás de ella, en la sombra del pasillo, se vislumbraba la figura amenazante de Greta, dispuesta a terminar lo que había empezado bajo el sol.

—Firma esto, Natalia —susurró Cintia, arrojando los documentos sobre la litera—. Es una confesión total de los cargos y una renuncia a cualquier apelación. Si firmas, Carlos se asegurará de que tu estancia aquí sea tranquila. Si no lo haces... bueno, Greta tiene muchas ganas de revancha, y yo no estaré cerca para gritar «ya basta» la próxima vez.

Me encerraron para silenciarme pero en el patio de la prisión comenzó mi venganza

Natalia miró los papeles. Sabía que firmar equivalía a una condena a cadena perpetua en vida, asumiendo una culpa que no era suya. Pero también sabía que el dinero de Carlos era lo único que movía los hilos de Cintia. Mirando fijamente a la guardia corrupta, Natalia decidió jugar su última carta, una que había guardado con celo desde el día de su detención.

—Sé cuánto te está pagando mi cuñado, Cintia —dijo Natalia con voz firme y baja—. Y te aseguro que puedo duplicar esa cifra mañana mismo. Carlos no solo desvió fondos de la empresa; guardó una fortuna en una cuenta suiza a la que solo yo tengo acceso. Ayúdame a conseguir un teléfono satelital por una noche para transferir los fondos, y la mitad será tuya.

La codicia brilló en los ojos de Cintia. Tras unos instantes de tenso silencio, la guardia aceptó el trato, advirtiéndole que cualquier intento de engaño sería su sentencia de muerte. Horas más tarde, con el teléfono en sus manos temblorosas, Natalia marcó el número de su abogado de confianza para iniciar la transferencia que compraría su libertad. Sin embargo, al responder, la voz fría y burlona que escuchó al otro lado del receptor no era la de su defensor, sino la del propio Carlos, quien ya sabía cada uno de sus movimientos.

Sin embargo, al responder, la voz fría y burlona que escuchó al otro lado del receptor no era la de su defensor, sino la del propio Carlo…