Me encerraron siendo inocente, pero mi peor enemiga resultó ser mi única salvación
El precio de la supervivencia
El aire en el pasillo del ala norte de la prisión de San Miguel era denso, impregnado de un penetrante olor a desinfectante industrial y metal oxidado. Las luces fluorescentes parpadeaban en el techo, emitiendo un zumbido constante que crispaba los nervios de cualquiera. Para Jimena, una joven de veintiocho años que arrastraba una condena injusta, cada segundo en ese lugar era una prueba de resistencia. Vestida con el sencillo chándal gris reglamentario, se esforzaba por mantener la cabeza baja, concentrada en limpiar las barandillas de metal.
De repente, una sombra imponente se proyectó sobre ella. Era Rosa, una reclusa de complexión robusta y cabello rubio platino que gobernaba el pabellón con puño de hierro. Detrás de ella, un par de secuaces observaban con sonrisas burlonas. Sin previo aviso, Rosa lanzó un manotazo violento que arrojó el bote de toallitas desinfectantes de Jimena al suelo de cemento frío.

—Hora de pagar el peaje, novata —siseó Rosa, con una mirada cargada de hostilidad.
El silencio se apoderó del pasillo. Las demás internas se detuvieron, esperando ver el habitual espectáculo de sumisión. Sin embargo, algo en el interior de Jimena, una chispa de dignidad que se negaba a ser apagada, se encendió de golpe. Se incorporó lentamente, mirando a Rosa directamente a los ojos con una resolución inquebrantable.
—Ven a por ellas —respondió Jimena, con voz firme y serena.
Una de las secuaces de Rosa, interpretando el gesto como una afrenta directa, dio un paso al frente lanzando un puñetazo. Jimena, con reflejos rápidos y precisos, esquivó el golpe y contraatacó con un directo al rostro que mandó a la agresora contra la pared. Rosa, enfurecida, se abalanzó sobre ella, pero Jimena anticipó el movimiento y le propinó un fuerte golpe en el estómago que dejó a la líder sin aire, cayendo de rodillas. Con absoluta calma, Jimena se agachó para recoger sus toallitas y se alejó bajo la mirada atónita de todos.
”Con absoluta calma, Jimena se agachó para recoger sus toallitas y se alejó bajo la mirada atónita de todos.