Mi esposo me abandonó en el parto, pero su millonario padre me salvó la vida
Anteriormente: Cuando Elena dio a luz, su esposo Mateo intentó arrebatarle a su bebé para ocultar una terrible traición. Sin embargo, la oportuna intervención del suegro de Elena cambió el destino de todos para siempre.
Secretos al descubierto
La tensión en la habitación del hospital era casi palpable. Mateo, recuperando la postura a duras penas, se acomodó la chaqueta del traje y miró a su padre con una mezcla de desafío y nerviosismo. La enfermera Clara permanecía en silencio, testigo involuntario de una de las disputas familiares más oscuras de la alta sociedad.
—¿Qué haces aquí, papá? Esta mujer te ha estado engañando a ti también. Tengo pruebas de que ese bebé no es mío —mintió Mateo con descaro, señalando con un dedo acusador a Elena.
Elena sollozó, negando con la cabeza, pero Alejandro levantó una mano para silenciar a su hijo. Su rostro, habitualmente sereno, reflejaba una decepción profunda y absoluta.

—Cállate, Mateo. No sigas cavando tu propia tumba —dijo Alejandro con una frialdad que heló el ambiente—. He estado investigando tus movimientos durante los últimos tres meses. Sé perfectamente quién es tu amante, sé de las cuentas secretas que abriste en el extranjero y sé que los documentos de infidelidad que pretendías usar contra Elena son una burda falsificación de tus abogados.
La confianza de Mateo comenzó a desmoronarse, pero la desesperación lo empujó a jugar su última carta. Con una risa nerviosa, sacó su teléfono móvil y miró a su padre con desprecio.
—Llegas tarde, viejo. Ayer firmé la transferencia de todos los activos de la corporación familiar a mi holding personal. Legalmente, soy el dueño de todo. No tienes poder para desheredarme, y mucho menos para ayudar a esta muerta de hambre —escupió Mateo, creyéndose victorioso.
Elena sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Si Mateo controlaba la fortuna familiar, su destino y el de su hija estarían sellados bajo el yugo de su crueldad. Sin embargo, Alejandro no mostró ni un ápice de preocupación. Al contrario, una sonrisa gélida apareció en sus labios.
—Siempre fuiste demasiado ambicioso y muy poco inteligente, hijo —sentenció Alejandro con calma—. Olvidas que fui yo quien diseñó los estatutos de esa empresa.
”Olvidas que fui yo quien diseñó los estatutos de esa empresa.