Mi esposo me traicionó en el hospital y su amante intentó hacerme daño
La tormenta en el pasillo de maternidad
Mónica sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies en el pasillo del Hospital Clínico. Vestida únicamente con una bata rosa de hospital, se aferraba a la barandilla de la pared mientras una nueva contracción, más violenta que las anteriores, la obligaba a arrodillarse sobre las frías baldosas. No era solo el dolor físico del parto inminente lo que la hacía llorar sin consuelo; era la devastadora verdad que acababa de descubrir. Su esposo, Alejandro, el hombre con el que había compartido su vida y sus sueños, acababa de llegar al hospital del brazo de Nerea, su amante, una mujer que lucía un costoso vestido verde esmeralda y una mirada llena de desprecio.
—No llores más, Mónica, esto tenía que pasar tarde o temprano —le había dicho Alejandro con una frialdad que helaba la sangre, mientras se mantenía apoyado contra la pared con su impecable traje gris. No mostró la menor intención de ayudar a la madre de su futuro hijo.

Nerea, consumida por los celos y el resentimiento, dio un paso adelante. No soportaba ver que Mónica aún representaba un vínculo legal con Alejandro. Fuera de sí, se abalanzó sobre la mujer embarazada dispuesta a hacerle daño. Fue entonces cuando el doctor Ortega, un ginecólogo veterano de cabello cano y mirada firme, intervino de inmediato. Al ver el peligro, se interposo entre ambas, bloqueando con sus propios brazos los golpes descontrolados de Nerea.
—¡Basta ya! ¡Salga de aquí inmediatamente! —exclamó el médico con autoridad, logrando apartar a la agresora con un empujón firme que la hizo tambalearse y caer al suelo.
Las enfermeras observaban la escena con las manos en la boca, paralizadas por el impacto de presenciar semejante violencia en un lugar destinado a dar vida. Mientras Mónica sollozaba en el suelo, protegida por el cuerpo del doctor Ortega, Alejandro observaba todo con una sonrisa cínica, preparándose para revelar su verdadero y despiadado plan.
”Mientras Mónica sollozaba en el suelo, protegida por el cuerpo del doctor Ortega, Alejandro observaba todo con una sonrisa cínica, prepar…