Mi jefe intentó destruirme para ocultar su estafa pero una compañera me salvó
Anteriormente: Cuando Clara descubrió el desfalco millonario de Arturo, jamás imaginó que él reaccionaría con violencia física. Por suerte, Sara no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados ante la injusticia.
Una carrera contrarreloj contra la mentira
Arturo se levantó lentamente, jadeando y limpiándose un hilo de sangre de la boca. Su mirada reflejaba una locura fría. En lugar de atacar físicamente de nuevo, sacó su teléfono móvil y marcó un número con total tranquilidad. Miró a las dos mujeres con una sonrisa de absoluta superioridad mientras esperaba que respondieran al otro lado de la línea.
—¿Inspector? Habla Arturo. Necesito que envíe una patrulla de inmediato a las oficinas centrales. Dos empleadas resentidas por un despido me han agredido físicamente y están intentando robar secretos industriales de la empresa. Sí, estoy herido. Dese prisa —dijo con voz calmada, colgando el teléfono de inmediato.
Clara se presionaba la herida de la frente con un pañuelo que Sara le había entregado. El pánico amenazaba con paralizarla. Sabía que Arturo tenía contactos influyentes en las altas esferas y que, con el control del sistema de seguridad de la empresa, borraría cualquier grabación que lo incriminara. Sería la palabra de un respetado director contra la de ellas.

Fue en ese instante de desesperación cuando Sara se arrodilló junto a ella y le susurró un secreto que lo cambiaría todo. Semanas atrás, preocupada por el comportamiento sospechoso de Arturo, Sara había instalado una microcámara oculta en el pasillo que grababa de forma independiente y transmitía los archivos a un servidor externo.
Sin embargo, había un grave inconveniente: para acceder al servidor y descargar la grabación antes de que la policía llegara y las arrestara, debían llegar al ordenador central ubicado en el sótano del edificio. Arturo bloqueaba la puerta de salida del despacho, y las sirenas de la policía ya comenzaban a escucharse a lo lejos, resonando en la noche madrileña. El tiempo se agotaba y debían tomar una decisión desesperada.
”El tiempo se agotaba y debían tomar una decisión desesperada.