Traición · Historia

Mi prometido intentó arrebatarle el restaurante a mi familia, pero mi hermano intervino

Mi prometido intentó arrebatarle el restaurante a mi familia, pero mi hermano intervino — Parte 2
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Anteriormente: Leo pensó que podría estafar a mi familia y quedarse con nuestro icónico restaurante de carretera. Lo que no sabía es que mi hermano Martín y su club de moteros tenían otros planes.

El precio de la traición

Leo intentó mantener la compostura, estirando el cuello de su camisa de marca y acomodándose las gafas, pero el temblor en sus manos delataba su pánico. Sobre la mesa descansaba una carpeta de cuero que contenía las escrituras fraudulentas del restaurante, obtenidas mediante engaños y firmas falsificadas de un anciano enfermo. Era el documento con el que pretendía desahuciar a la familia de Lucía para vender el terreno a una multinacional.

Martín se detuvo frente a él, eclipsando por completo la luz del neón que caía sobre la mesa. Sin mediar palabra, el motero extendió su enorme mano tatuada y se apoderó de la carpeta. Leo, en un acto de desesperación, intentó retenerla, pero la fuerza de Martín era descomunal. Al verse desarmado, el joven abogado intentó recurrir a su habitual arrogancia legal.

Mi prometido intentó arrebatarle el restaurante a mi familia, pero mi hermano intervino
¡No puedes tocar eso! Es propiedad privada y un documento legalizado. Si le pasa algo a esos papeles, os meteré a todos en la cárcel por extorsión y vandalismo. ¡Tengo contactos en la fiscalía!

La respuesta de Martín fue una sonrisa fría y carente de humor. Con una parsimonia casi teatral, abrió la carpeta, extrajo los folios firmados y, mirando fijamente a los ojos de Leo, los rasgó por la mitad. El sonido del papel rompiéndose resonó como un disparo en el silencioso restaurante. Leo se levantó de golpe, con el rostro congestionado por la ira y el miedo, pero dos de los moteros dieron un paso al frente, obligándolo a permanecer en su sitio.

Fue entonces cuando Lucía se acercó a la mesa, colocándose al lado de su hermano. Martín metió la mano en el bolsillo interior de su chaleco de cuero y extrajo un fajo de folios sellados con el membrete oficial del Ministerio de Justicia. No eran copias de los contratos rotos, sino algo mucho más peligroso para el estafador.

¿Pensabas que eras el único que sabía investigar, Leo?

Preguntó Lucía, con una voz gélida. Martín arrojó los nuevos documentos sobre la mesa. Al ver el encabezado, los ojos de Leo se abrieron de par en par y toda la sangre pareció abandonar su rostro. Su demente estafa no solo se había desmoronado; su turbio pasado acababa de atraparlo.

Su demente estafa no solo se había desmoronado; su turbio pasado acababa de atraparlo.