Un niño indefenso entró a mi bar buscando protección con una extraña moneda
Anteriormente: Cuando un pequeño de ocho años entró a mi rústico bar huyendo de hombres peligrosos, no imaginé que la moneda que llevaba en su mano cambiaría mi destino para siempre.
La marca del juramento
Antes de que Mateo pudiera expresar su incredulidad, el niño abrió su mano derecha. En su pequeña y mugrienta palma descansaba una pesada moneda de plata con un intrincado relieve de una corona y un emblema rojo que brillaba bajo la luz mortecina del bar. No era un adorno corriente; era un marcador de compromiso de sangre, un objeto legendario dentro del submundo criminal que garantizaba una deuda de vida inquebrantable.
Mateo tomó la moneda con dedos temblorosos. El frío del metal confirmó lo que más temía: la deuda era real, y él mismo había grabado su firma en un pacto similar hacía casi una década, cuando aquel hombre le salvó la vida en las calles de Europa del Este. La presencia de la moneda significaba que el legendario asesino estaba en una situación desesperada, o peor aún, que ya no podía proteger a su propio hijo.

El momento de la reflexión fue interrumpido bruscamente por el chirrido de neumáticos sobre la grava exterior. Tres camionetas negras de vidrios polarizados se detuvieron frente a El Refugio, bloqueando la salida principal. De los vehículos descendieron seis hombres corpulentos, vestidos con impecables trajes oscuros y portando armas automáticas con silenciadores.
—¡Están aquí! —chilló el niño, escondiéndose instintivamente detrás de las amplias espaldas de Mateo—. ¡No dejes que me lleven!
Lucas, visiblemente nervioso, desenfundó su arma y se parapetó tras la barra de madera del bar.
—Mateo, esto es una locura —susurró Lucas con voz ronca—. Si nos involucramos con la gente que persigue al hijo de Wick, estamos muertos. La Alta Mesa no perdonará a nadie que interfiera. Tenemos que entregarlo.
Mateo miró fijamente la moneda de plata en su mano y luego observó al niño, cuyos ojos suplicantes buscaban una última esperanza. Entregar al hijo de quien le había devuelto la vida equivalía a salvar su cuerpo pero condenar su alma para siempre. Sin embargo, enfrentarse a un ejército profesional con solo un puñado de viejos amigos parecía una misión suicida.
”Sin embargo, enfrentarse a un ejército profesional con solo un puñado de viejos amigos parecía una misión suicida.