Traición · Historia

Nos arrestaron para silenciar una gran traición, pero un aliado inesperado lo cambió todo

Nos arrestaron para silenciar una gran traición, pero un aliado inesperado lo cambió todo — Parte 2
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Anteriormente: Elena y Javier tenían las pruebas que destruirían a un poderoso empresario. Sin embargo, antes de poder entregarlas, la policía los interceptó violentamente en plena calle. ¿Lograrán salvarse de esta terrible trampa?

En las garras de la corrupción

El trayecto en la parte trasera del coche patrulla fue un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el zumbido de la estática de la radio policial. No los llevaron a una comisaría oficial; el vehículo se desvió hacia una zona industrial semiabandonada en el sur de la capital. Allí, en una nave de hormigón y vigas oxidadas, Elena y Javier fueron arrojados a una oficina improvisada, desprovista de ventanas y con una sola bombilla parpadeante que proyectaba sombras grotescas sobre las paredes.

La puerta se abrió con un crujido metálico y Carlos entró, luciendo un traje de sastre impecable que contrastaba con la suciedad del lugar. A su lado, el inspector Torres mantenía una sonrisa de suficiencia mientras sostenía el disco duro que le había arrebatado a Javier durante un violento registro.

Nos arrestaron para silenciar una gran traición, pero un aliado inesperado lo cambió todo
—Pensaron que podían jugar en mi liga —dijo Carlos, acariciando el dispositivo con desprecio—. En este mundo, el dinero compra la ley, Javier. Vuestras pruebas no valen nada si nadie vive para escucharlas.

Javier, con un hilo de sangre deslizándose por la comisura de sus labios tras el forcejeo anterior, levantó la cabeza con orgullo. Aseguró que existían copias de seguridad en la nube listas para ser enviadas a la prensa si ellos no salían de allí. Carlos, visiblemente perturbado por la posibilidad de perder su imperio, ordenó a Torres que los mantuviera encerrados y bajo presión extrema hasta que revelaran las contraseñas y las ubicaciones de dichas copias, antes de marcharse a toda prisa.

El pánico se apoderó de Elena al ver que Torres comenzaba a preparar sus herramientas de intimidación en una mesa cercana. Sin embargo, el destino les tenía preparada una sorpresa. Cuando Torres salió momentáneamente para realizar una llamada, la puerta se abrió de nuevo. No era el verdugo, sino Alberto, el segundo oficial que había presenciado la agresión en el Congreso. Con las manos temblorosas y la mirada llena de culpa, se acercó rápidamente a la pareja con un juego de llaves.

—No firmé para esto —susurró Alberto con urgencia—. Torres está loco y Carlos va a mataros. Tengo las llaves y conozco una salida trasera, pero debemos movernos ya.

Tengo las llaves y conozco una salida trasera, pero debemos movernos ya.