Protegí a una anciana en prisión sin saber que era la madre de mi peor enemigo
Anteriormente: Sofía cumple una condena injusta en una prisión de alta seguridad. Cuando decide proteger a Margarita de las gángsters del patio, no imagina que su vida está a punto de cambiar para siempre.
Un secreto entre barrotes
La tensión en el penal se podía cortar con un cuchillo tras el altercado en el patio. Las represalias de la banda de Begoña eran inminentes, pero Sofía no estaba dispuesta a dar marcha atrás. Esa misma noche, el eco metálico de las celdas cerrándose dio paso a un susurro clandestino que cambiaría el destino de ambas mujeres para siempre. Margarita, desde la celda contigua, llamó a Sofía con la voz rota por el llanto.
—Sofía, tienes que escucharme —susurró Margarita, aferrándose a los fríos barrotes—. No deberías haberte arriesgado por mí. No sabes quién soy, ni la desgracia que arrastro conmigo.
Sofía se acercó, intrigada por la urgencia en el tono de la anciana. Lo que escuchó a continuación la dejó completamente helada. Margarita, con lágrimas corriendo por sus mejillas arrugadas, le confesó la verdad más amarga. El fiscal estrella que había orquestado el juicio de Sofía, el hombre que había manipulado las pruebas para encerrarla y salvar a un verdadero criminal de guante blanco, era Alejandro Torres. Y Alejandro Torres era, en realidad, el propio hijo de Margarita.

—Él me encerró aquí también, Sofía —confesó la anciana entre sollozos—. Descubrí sus negocios corruptos y las mentiras que utilizó para destruirte. Cuando le amenacé con ir a la policía, utilizó sus influencias para acusarme de un delito fiscal inexistente. Su propia madre... todo por salvar su maldita carrera.
La revelación cayó sobre Sofía como una losa de hormigón. El destino la había encerrado junto a la madre de su peor enemigo, el hombre que le había arrebatado la libertad y sus sueños. Al día siguiente, la megafonía del centro penitenciario anunció una visita extraordinaria para Sofía. Al entrar al locutorio, sus ojos se cruzaron con los de Alejandro Torres, quien la esperaba detrás del cristal blindado con un aspecto demacrado y desprovisto de su habitual arrogancia de fiscal implacable. El hombre cogió el teléfono con manos temblorosas y le suplicó un pacto desesperado: si mantenía a su madre a salvo de las reclusas que querían silenciarla, él firmaría una confesión completa que le devolvería la libertad de inmediato.
”El hombre cogió el teléfono con manos temblorosas y le suplicó un pacto desesperado: si mantenía a su madre a salvo de las reclusas que q…