La pulsera blanca de mi madre me convirtió en fugitiva hasta que él me salvó
Anteriormente: Lucía huía de un peligro que apenas comprendía, con una misteriosa pulsera blanca como única pista. Cuando Martín, un rudo motero, se cruzó en su camino, el pasado de su familia estalló en plena calle.
El secreto del microchip
Una vez que el peligro inmediato se alejó, Martín ayudó a Lucía a ponerse de pie. Sin pensarlo dos veces, la subió a su motocicleta y aceleraron a través del laberinto de calles de la capital, buscando refugio en un taller mecánico de su propiedad en el barrio de Vallecas. El lugar olía a grasa, metal y gasolina, un santuario perfecto para ocultarse de quienes los perseguían.
Bajo la tenue luz de un flexo de mesa, Martín examinó detenidamente la pulsera blanca. Al conectar el pequeño dispositivo oculto en la silicona a un escáner de diagnóstico, la pantalla del ordenador comenzó a parpadear con códigos de encriptación militar. Lucía observaba en silencio, abrazándose a sí misma para combatir el frío residual de la noche.

—Esto no es un juego, Lucía —dijo Martín, con el rostro ensombrecido por la gravedad de la situación—. Tu madre trabajaba en los laboratorios de Pharma Iberia, ¿verdad? Lo que hay aquí dentro es una firma digital que da acceso a las pruebas de un ensayo clínico ilegal. Un escándalo que podría destruir a la junta directiva.
La revelación golpeó a Lucía con fuerza. Su madre no la había abandonado; se había sacrificado para proteger la verdad y mantenerla a salvo a ella. Sin embargo, la tregua duró poco. El chirrido de unos neumáticos frente al taller hizo que ambos se pusieran en guardia. A través de la rendija de la puerta metálica, vieron aparecer tres berlinas de color negro mate de las que descendieron hombres armados con trajes oscuros. No eran policías.
—Nos han localizado por el GPS integrado de la pulsera —masculló Martín, agarrando una pesada llave inglesa—. Quédate detrás de mí y búscate una salida trasera si las cosas se ponen feas.
Justo cuando el primer mercenario derribó la puerta del taller, el teléfono de Lucía vibró en su bolsillo. Era un mensaje multimedia de un remitente desconocido. Al abrirlo, vio una fotografía de su madre, maniatada y custodiada en un almacén abandonado de la zona portuaria. El texto era demoledor: Tienes diez minutos para entregarnos el chip en la terminal de carga, o tu madre pagará el precio más alto.
”El texto era demoledor: Tienes diez minutos para entregarnos el chip en la terminal de carga, o tu madre pagará el precio más alto.