Traición · Ficción breve

Regresé de mi misión militar y salvé a mi madre de una humillación imperdonable

Regresé de mi misión militar y salvé a mi madre de una humillación imperdonable — Parte 1
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Un regreso inesperado

El sargento Mateo Alarcón caminaba por el pasillo del edificio de apartamentos en el centro de Madrid, sintiendo el peso reconfortante de su bolsa de lona sobre el hombro. Había pasado los últimos seis meses en una dura misión de mantenimiento de la paz, enfrentándose a peligros constantes. Sin embargo, lo único que le importaba en ese momento era la sorpresa que estaba a punto de darle a su madre, Elena, y a su esposa, Lorena. Había regresado dos semanas antes de lo previsto, ansioso por volver a la calidez de su hogar.

Al introducir la llave en la cerradura, se dio cuenta de que la puerta estaba entornada. Un extraño olor a lejía barata y humedad inundaba el recibidor. Al dar un paso silencioso hacia el salón, la escena que presenció le congeló la sangre. El elegante suelo de roble pulido que su padre tanto había cuidado estaba cubierto de agua sucia. De rodillas, vestida con un cárdigan gris ceniza completamente desgastado, su madre fregaba el suelo de rodillas, con las manos temblorosas y la espalda encorvada por el dolor.

Regresé de mi misión militar y salvé a mi madre de una humillación imperdonable

Frente a ella, Lorena, vestida con una llamativa camiseta de tirantes naranja, la miraba con desprecio. Sentada en el sofá de flores, la suegra de Mateo, Teresa, observaba la humillación con una sonrisa de absoluta indiferencia. De repente, Lorena levantó una taza de agua sucia y la derramó sin piedad sobre la cabeza de la anciana.

—¡Ja! Mírate ahora, vieja bruja —gritó Lorena con una voz chillona y burlona.

Antes de que la anciana pudiera reaccionar, Lorena le propinó una patada en el costado, haciéndola caer sobre el duro suelo de madera. Con una crueldad infinita, presionó la taza contra la frente de la mujer caída, riéndose de su sufrimiento.

El mundo de Mateo se detuvo. Lleno de una furia incontenible, soltó su bolsa de lona y se lanzó hacia adelante. Con la precisión de su entrenamiento, propinó una patada voladora que envió a Lorena al otro lado de la habitación, estrellándose contra la pared. Mateo se interpuso de inmediato entre los dos monstruos y su madre, con los puños cerrados y la mirada llena de fuego protector.

Mateo se interpuso de inmediato entre los dos monstruos y su madre, con los puños cerrados y la mirada llena de fuego protector.