Secretos de familia · Historia

Se burlaron de sus ropas gastadas sin saber que portaba el secreto del general

Se burlaron de sus ropas gastadas sin saber que portaba el secreto del general — Parte 2
Imagen del vídeo original

Anteriormente: Aitana soportó las crueles burlas de los soldados en el campo de tiro, pero cuando apretó el gatillo, un viejo general descubrió un secreto familiar enterrado hace décadas.

El secreto de la insignia de plata

El despacho del general Serrano olía a madera vieja, papel timbrado y café amargo. Tras ordenar a la joven que lo acompañara, el veterano militar cerró la puerta con llave, asegurándose de que nadie pudiera escuchar su conversación. Aitana permanecía de pie, sosteniendo con orgullo el rifle agrietado que acababa de asombrar a toda la unidad.

—Esa insignia que llevas... —comenzó Serrano, señalando el metal plateado que Aitana guardaba bajo su sudadera—. Perteneció a Mateo, mi mejor amigo. El hombre que me salvó la vida en la campaña de Bosnia hace más de veinte años. ¿Quién eres tú?
—Soy su hija, General —respondió Aitana con voz firme—. Este rifle era suyo. Él me enseñó a disparar antes de que... antes de que nos dijeran que había muerto en un accidente de entrenamiento.

El rostro de Serrano se tornó de una palidez mortal. Se dejó caer en su sillón de cuero, cubriéndose el rostro con las manos. La culpa que había cargado durante dos décadas parecía aplastarlo en ese instante. Cuando levantó la mirada, sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y furia contenida.

Se burlaron de sus ropas gastadas sin saber que portaba el secreto del general
—No fue un accidente, Aitana —reveló el general en un susurro cargado de gravedad—. A tu padre lo traicionaron para ocultar una red de contrabando de armas dentro del propio ejército. Yo intenté investigar, pero falsificaron los informes y me apartaron del caso. El hombre que ordenó su ejecución sigue libre, y lo peor de todo es que está muy cerca de nosotros.

La revelación golpeó a Aitana como un mazo en el pecho. La versión oficial que había condenado a su familia a la miseria y al olvido era una farsa. Sin embargo, antes de que pudiera procesar la información, la manivela de la puerta se agitó con violencia. Al no poder abrirse, unos golpes secos y autoritarios resonaron en la madera.

—¡General Serrano! Abra de inmediato. Tenemos un asunto urgente que tratar sobre la seguridad de la base —exigió una voz fría y familiar desde el pasillo. Era el coronel Mendoza.

Serrano miró a Aitana con urgencia, indicándole con un gesto que se ocultara detrás de la gran estantería de archivos. La joven se deslizó en las sombras justo cuando el general giraba la llave y abría la puerta, revelando la imponente figura de Mendoza, quien entró con la mirada llena de sospecha.

La joven se deslizó en las sombras justo cuando el general giraba la llave y abría la puerta, revelando la imponente figura de Mendoza, q…