Traición · Historia

Me encerraron por un crimen ajeno, pero en prisión aprendí a cobrar mi venganza

Me encerraron por un crimen ajeno, pero en prisión aprendí a cobrar mi venganza — Parte 1
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Supervivencia en el patio

El sol de la tarde caía como plomo sobre el patio de la prisión de Soto del Real. El aire estaba saturado de polvo y del olor rancio del hormigón caliente. Para Sara, una joven de veintiséis años con una larga coleta rubia y un sencillo conjunto deportivo oscuro, este lugar se había convertido en su único santuario. No por comodidad, sino por pura supervivencia. Cada flexión en las barras paralelas era un recordatorio de que seguía viva, de que su cuerpo no se doblegaría ante la injusticia que la había encerrado allí.

De pronto, el zumbido del patio se interrumpió. Una sombra maciza se interpuso entre Sara y la luz del sol. Era Begoña, una reclusa de treinta y dos años conocida por su implacable crueldad y su imponente físico. Sin previo aviso, Begoña arrojó un pesado balón medicinal de diez kilos directamente hacia la cabeza de Sara.

Me encerraron por un crimen ajeno, pero en prisión aprendí a cobrar mi venganza
—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! —rugió Begoña, con una mueca de desprecio.

Sara, con reflejos felinos, atrapó el balón en el aire y descendió de las barras con una calma asombrosa. La multitud de reclusas, hambrienta de violencia, no tardó en formar un círculo a su alrededor, gritando con frenesí:

—¡Dale una paliza! ¡Vamos, Gueparda! —coreaban las reclusas, ansiosas por ver sangre.

Begoña, apodada la Gueparda por su ferocidad, se lanzó al ataque con un derechazo salvaje. Sara esquivó el golpe inclinando el torso con precisión milimétrica. En el contraataque, Sara conectó un gancho rápido al mentón de su rival. Al verse acorralada, Begoña intentó un agarre desesperado, pero Sara, anticipando el movimiento, clavó una rodilla afilada directamente en el plexo solar de la agresora. El impacto fue seco y devastador. Begoña se derrumbó sobre la tierra polvorienta, jadeando sin aire, mientras Sara, sin alterar su respiración, se dio la vuelta y se alejó con total tranquilidad.

Begoña se derrumbó sobre la tierra polvorienta, jadeando sin aire, mientras Sara, sin alterar su respiración, se dio la vuelta y se alejó…