Segundas oportunidades · Ficción breve

Me traicionaron para heredar la fortuna familiar, pero en prisión encontré mi verdadera fuerza

Me traicionaron para heredar la fortuna familiar, pero en prisión encontré mi verdadera fuerza — Parte 2
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Anteriormente: Sara fue traicionada por su propia familia y terminó tras las rejas. Cuando una rival intenta destruirla en el patio de la prisión, comprende que debe luchar para limpiar su nombre.

La traición en las sombras

La aparente victoria en el patio no trajo paz a Sara, sino una profunda inquietud. Sabía que Begoña no actuaba por cuenta propia; alguien con mucho poder dentro o fuera de los muros de la prisión la había financiado. Sus sospechas se confirmaron esa misma noche, cuando el chirrido metálico de la cerradura de su celda la despertó sobresaltada. Dos guardias de confianza la levantaron sin explicaciones y la escoltaron por los pasillos subterráneos hasta el despacho de la subdirectora, doña Carmen.

Al entrar, el ambiente era gélido. Carmen, una mujer de mirada calculadora y uniforme impecable, apagó un cigarrillo en el cenicero y señaló un teléfono móvil que descansaba sobre la mesa de madera noble. La pantalla mostraba una llamada activa en altavoz. De inmediato, una voz familiar y cargada de veneno inundó la habitación.

Me traicionaron para heredar la fortuna familiar, pero en prisión encontré mi verdadera fuerza
Vaya, Sara, parece que mi inversión en Begoña fue un desperdicio. Siempre has sido tan obstinada.

Era Elena, su propia hermana menor. La misma que había orquestado el fraude financiero para incriminarla y quedarse con la totalidad de la millonaria herencia familiar. Sara apretó los puños, sintiendo la rabia arder en sus venas al confirmar la traición.

Elena continuó explicando, con total impunidad, que la subdirectora Carmen ya había sido sobornada para certificar un traslado de emergencia a la zona de aislamiento de máxima seguridad, un ala abandonada donde las cámaras no funcionaban. Allí, un "lamentable altercado entre reclusas" pondría fin a la vida de Sara de una vez por todas. La subdirectora Carmen sonrió con frialdad y sacó un par de esposas de su cajón, ordenando a los guardias que sujetaran a Sara. El pánico inicial de Sara se transformó rápidamente en una fría determinación. Si permitía que la sacaran de ese despacho, su muerte estaba asegurada.

Si permitía que la sacaran de ese despacho, su muerte estaba asegurada.