Traicionada por su esposo y humillada en prisión, ella planea su fría venganza
El infierno de Cruz del Sur
El sol de justicia caía sin piedad sobre el patio de la prisión de Cruz del Sur, reflejándose en las concertinas que coronaban los altos muros de hormigón. Sara respiraba el aire denso y cargado de polvo, sintiendo que cada segundo en aquel lugar era una tortura física y mental. No hacía mucho, vestía trajes de diseñador y dirigía reuniones ejecutivas en el centro de Madrid. Ahora, despojada de su identidad, vestía el uniforme deportivo descolorido de las reclusas, un recordatorio constante de su caída en gracia.
De repente, el silencio relativo del patio se rompió. Begoña, una reclusa robusta de cabello rubio platino y mirada hostil, se cruzó en su camino con la clara intención de provocarla. Sin mediar palabra, Begoña la embistió con brutalidad, derribando a Sara sobre la tierra seca. Sara, impulsada por un resto de dignidad, se levantó de inmediato y forcejeó con rabia, pero la fuerza bruta de su oponente la superaba ampliamente.

La humillación no terminó ahí. Horas más tarde, mientras Sara cumplía con su castigo de palear grava en una esquina apartada del patio, sintió una presencia a sus espaldas. Antes de que pudiera girarse, unas manos fuertes la empujaron con violencia, estampando su rostro directamente contra el montón de piedras afiladas. El dolor fue agudo y punzante; la grava le cortó la mejilla y el labio.
A su alrededor, las risas de complicidad de las seguidoras de Begoña resonaron como un eco siniestro. Begoña se agachó, tomándola del cabello para levantarle la cabeza.
—He oído que fuera eras alguien importante —susurró con una sonrisa cargada de veneno—. Aquí pareces una conejita asustada.
Begoña la soltó con desprecio y se alejó riendo. Sin embargo, en lugar de llorar, Sara levantó la cabeza despacio. Con los ojos inyectados en sangre y fijos en la espalda de su agresora, una chispa de fría determinación se encendió en su interior. No iba a dejarse destruir.
”Con los ojos inyectados en sangre y fijos en la espalda de su agresora, una chispa de fría determinación se encendió en su interior. No i…