Traición · Historia

Me traicionaron para enviarme a prisión, pero no sabían de lo que era capaz.

Me traicionaron para enviarme a prisión, pero no sabían de lo que era capaz. — Parte 2
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Anteriormente: Rebeca sobrevivió a una trampa que la llevó directa a prisión. Cuando la presa más peligrosa intenta doblegarla en el comedor, desata una fuerza oculta que cambiará las reglas del juego para siempre.

Una visita inesperada

El eco del enfrentamiento en el comedor no tardó en traer consecuencias. A la mañana siguiente, dos funcionarias escoltaron a Rebeca por los fríos pasillos del área administrativa. Lejos de la violencia del patio, el despacho de la directora de Cruz del Sur respiraba un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el suave ronroneo del aire acondicionado.

Al cruzar el umbral, Rebeca se quedó paralizada. Sentada en una de las butacas de cuero, luciendo un impecable traje de chaqueta de alta costura y un bolso de diseñador, se encontraba Valeria, su hermana gemela. El rostro de Valeria, idéntico al suyo pero desprovisto de cualquier atisbo de humanidad, mostraba una sonrisa de triunfo absoluto.

Me traicionaron para enviarme a prisión, pero no sabían de lo que era capaz.
—Hola, Rebeca. Qué pena verte en estas condiciones —dijo Valeria, con una voz cargada de una falsa compasión que hizo que a Rebeca se le revolviera el estómago.

La directora de la prisión, una mujer de facciones duras llamada Mercedes, arrojó una carpeta de cuero sobre el escritorio.

—Tu hermana ha venido a traernos información muy preocupante, Rebeca —anunció la directora—. Presenta pruebas de que estás utilizando tus contactos externos para organizar un motín y una fuga masiva. Tu conducta violenta de ayer con Marta no hace más que confirmar tu peligrosidad.

Rebeca sintió que la rabia la ahogaba. Valeria no solo la había incriminado en el desfalco de nuestra empresa familiar para quedarse con toda la herencia; ahora quería asegurarse de que jamás saliera con vida de allí.

—¡Es todo mentira! —grité Rebeca, dando un paso hacia el escritorio—. Ella falsificó mi firma, me robó mi vida y ahora viene a inventar calumnias porque sabe que si salgo, la voy a destruir. ¡Mírala! ¡Es un monstruo!

Valeria fingió un sollozo y se tapó la cara con las manos, actuando ante la directora con maestría dramática.

—Lo ves, Mercedes… Está completamente fuera de sí. El aislamiento es lo único que la mantendrá a salvo de sí misma y a las demás reclusas —susurró Valeria entre falsas lágrimas.

La directora asintió con frialdad y llamó a los guardias. Mientras los uniformados la sujetaban de los brazos para arrastrarla hacia el temido pabellón de aislamiento, Valeria se acercó a Rebeca y le susurró al oído:

—Disfruta de la oscuridad, hermanita. El mes que viene venderé la empresa y me iré del país. Nadie volverá a escuchar tu nombre.

Nadie volverá a escuchar tu nombre.