Secretos de familia · Historia

Un guardia me echó a la calle hambriento, pero un motero reconoció mi medallón

Un guardia me echó a la calle hambriento, pero un motero reconoció mi medallón — Parte 2
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Anteriormente: Tras ser expulsado sin piedad de una taberna en una noche de tormenta, Álvaro dejó caer un viejo recuerdo familiar. Lo que no imaginaba era que un motero rudo cambiaría su vida para siempre.

Un secreto desenterrado del barro

Judd contempló la joya plateada con una intensidad casi dolorosa. Con dedos temblorosos, abrió el broche del medallón, revelando el retrato de una mujer joven con una mirada melancólica y un pequeño lunar cerca de su pómulo izquierdo. El motero contuvo el aliento. Sin decir una palabra, se desabrochó la pesada cremallera de su chaqueta de cuero y extrajo de su propio cuello una cadena idéntica. Al final de ella colgaba un medallón exactamente igual al de Álvaro.

Mitch, el guardia de seguridad, intentó intervenir de nuevo, dando un paso intimidante hacia Álvaro. Pero Judd se interpuso de inmediato. Con una estatura imponente y una mirada cargada de una furia gélida, el motero hizo que el guardia retrocediera de inmediato, murmurando una disculpa antes de refugiarse dentro del local.

Un guardia me echó a la calle hambriento, pero un motero reconoció mi medallón

Judd ayudó a Álvaro a ponerse en pie y lo guio hacia el interior de la taberna. Sentados junto al fuego, mientras el joven devoraba un plato de comida caliente, Judd comenzó a desentrañar el misterio que los unía. Le confesó que su verdadero nombre era Joaquín y que eran hermanos gemelos, separados al nacer debido a la codicia de una familia influyente. Su madre, enferma y sin recursos, se había visto obligada a entregar a Álvaro a Don Aurelio, un acaudalado terrateniente que prometió criarlo como a su propio hijo. Sin embargo, tras el nacimiento de su heredero biológico, Don Aurelio abandonó al pequeño Álvaro a su suerte, ocultando su existencia al resto del mundo.

La conversación fue interrumpida de golpe cuando un lujoso automóvil negro se detuvo frente a la taberna. De su interior descendió Don Aurelio, un hombre de avanzada edad y mirada despiadada, escoltado por dos guardaespaldas armados. Al entrar al local, fijó sus ojos en Álvaro con una sonrisa de pura malicia.

Pensé que te habías podrido en la calle, muchacho. No debiste volver a husmear en los secretos de mi familia.

No debiste volver a husmear en los secretos de mi familia.