Una joven defiende a una anciana en prisión y desata una verdad oculta
El aire en el patio de la prisión de Soto del Real cortaba la piel como cuchillas de afeitar. El cielo, de un gris plomizo y opresivo, parecía aplastar las esperanzas de cualquiera que vistiera el uniforme gris de recluso. Elena, una joven que acababa de ingresar hacía apenas dos semanas, intentaba pasar desapercibida cerca de las fuentes de hormigón. Su cabello oscuro, recogido en un moño desordenado, y sus ojos fijos en el suelo denotaban su deseo de volverse invisible en aquel infierno.
La ley del más fuerte
Sin embargo, en un lugar gobernado por el miedo, la debilidad es un faro para los depredadores. Teresa, una interna robusta con años de experiencia en el submundo carcelario, se interpuso en su camino. Sin mediar palabra, agarró a Elena del cabello y, con una fuerza brutal, empujó su rostro bajo el chorro de agua helada de la fuente.

¡Enséñame lo que sabes hacer, novata!
El grito de Teresa resonó en el patio helado, provocando risas nerviosas entre algunas presas y el silencio cobarde de la mayoría. Elena luchaba por respirar, con el agua fría inundando sus fosas nasales y cegándola por completo. Fue en ese instante de desesperación cuando una voz quebrada pero firme rompió el murmullo general.
Rut, una interna de setenta años armada únicamente con una fregona desgastada, dio un paso al frente con una valentía suicida.
¡Atrás, Teresa! ¡Déjala en paz!
La interrupción enfureció a la agresora. Teresa soltó a Elena, se giró con una velocidad sorprendente y propinó un brutal puñetazo en el rostro de la anciana, enviándola directamente al suelo de hormigón. El golpe seco de Rut al caer desató algo dentro de Elena. El instinto de autodefensa se transformó en una furia protectora. Con movimientos rápidos y precisos, Elena esquivó el siguiente ataque de Teresa, conectando una serie de golpes certeros y una patada final que derribó a la gigante en el acto. Mientras Teresa gemía en el suelo, Elena se arrodilló para ayudar a la temblorosa anciana.
Ahora estás conmigo. Nadie te toca.
”Mientras Teresa gemía en el suelo, Elena se arrodilló para ayudar a la temblorosa anciana.Ahora estás conmigo. Nadie te toca.