Una presa defiende a una inocente y desata una peligrosa venganza tras las rejas
El comedor del centro penitenciario era un lugar donde la esperanza moría de hambre todos los días. Bajo el parpadeo incesante de unos tubos fluorescentes que zumbaban como avispas furiosas, el olor a rancho quemado se mezclaba con la humedad del hormigón. Elena observaba la escena desde su rincón habitual, con su trenza oscura perfectamente apretada y la espalda recta. A sus treinta y dos años, había aprendido a ser una sombra. Sin embargo, ver a la nueva reclusa, Tara, temblar de miedo en una de las mesas de acero inoxidable despertó algo que creía dormido.
Tara, una jovencita de apenas veinticuatro años con el cabello castaño cortado a tazón, representaba todo lo que la prisión solía devorar en su primera semana. Era frágil, asustadiza y completamente incapaz de defenderse. Por eso se había convertido en el objetivo perfecto de Sara, una reclusa robusta de treinta y cuatro años que gobernaba el módulo con mano de hierro y crueldad gratuita.

Con una sonrisa maliciosa reflejada en sus ojos apagados, Sara levantó un cubo lleno de agua gris y pestilente, utilizada para fregar los suelos del pasillo. Sin la menor vacilación, lo volcó por completo sobre la cabeza de Tara. El agua sucia empapó su ropa gris y la joven ahogó un grito de asombro y humillación, tiritando bajo las risas de las secuaces de la matona.
«Esta es mi casa. Comes cuando yo diga», siseó Sara, inclinándose de forma amenazadora sobre la aterrorizada muchacha.
Elena sintió una oleada de fuego recorrer sus venas. Se levantó de golpe, haciendo chirriar su taburete contra el suelo. Caminó con paso firme y decidido, interponiéndose entre la agresora y su víctima.
«Esta habitación no es de nadie», sentenció Elena con voz gélida.
Sara rugió de rabia y se lanzó hacia delante con un puñetazo salvaje. Pero Elena, que había pasado años perfeccionando su técnica de boxeo antes de ingresar en prisión, esquivó el golpe con una agilidad pasmosa. Esquivó a una segunda atacante con un codazo preciso y, girando sobre sus talones, descargó un derechazo demoledor que impactó directamente en la mandíbula de Sara. La matona cayó desplomada sobre el hormigón, derrotada y humillada ante la mirada atónita de todo el penal.
”La matona cayó desplomada sobre el hormigón, derrotada y humillada ante la mirada atónita de todo el penal.