Una reclusa humillada desata una venganza que cambiará el destino de la prisión
Anteriormente: Claudia solo quería pintar para olvidar su injusto encierro, pero la crueldad de Berta desató una violenta confrontación en el patio. Lo que nadie esperaba era el secreto que Juana ocultaba tras sus puños.
La caída del imperio de sombras
La puerta de la celda se abrió con un crujido ominoso. Berta entró primero, sosteniendo una barra metálica de las duchas, flanqueada por dos guardias nocturnos con rostros inexpresivos. La sonrisa triunfal de la agresora delataba que se sentía completamente impune bajo el amparo de la oscuridad.
—Se os acabó el tiempo a las dos —siseó Berta, levantando el arma improvisada con intenciones letales.
Sin embargo, en lugar de mostrar pánico, Juana dio un paso al frente y esbozó una fría sonrisa que descolocó por completo a los intrusos. Con un movimiento pausado, extrajo un pequeño dispositivo de grabación oculto en el dobladillo de su ropa deportiva y lo encendió, mostrando una luz roja intermitente.

—Gracias por venir, Berta. Y gracias a vosotros también por facilitar esta entrada no autorizada —dijo Juana con una voz cargada de autoridad, completamente desprovista del habitual tono carcelario.
Antes de que los guardias pudieran reaccionar, las alarmas generales de la prisión comenzaron a sonar con fuerza. Las luces de emergencia inundaron el pasillo y un grupo de agentes de la policía judicial, fuertemente armados, irrumpió en el pabellón bajo las órdenes directas de la Inspección General del Estado. Los dos guardias corruptos dejaron caer sus porras al suelo de inmediato, sabiendo que su complicidad había sido expuesta.
Juana miró a Claudia, quien la observaba con los ojos abiertos por el asombro.
—Mi verdadero nombre es Inspectora Juana Alarcón —confesó con suavidad—. Me infiltré en este centro para protegerte y asegurar que las pruebas de tu lienzo llegaran a la fiscalía. Tu calvario ha terminado, Claudia.
Berta y sus cómplices fueron esposados y conducidos fuera del pabellón bajo graves cargos de conspiración, agresión y obstrucción a la justicia. Mientras los agentes escoltaban a Claudia hacia una zona segura donde firmaría su orden de liberación inmediata, Juana contempló las rejas con la satisfacción del deber cumplido. La justicia, aunque a veces tarda y se tiñe de verde, siempre encuentra la forma de brillar con luz propia.


