Una reclusa peligrosa arriesga su propia vida para proteger a una joven inocente
El Peaje del Patio
El patio de la prisión de Alcalá Meco parecía más gris de lo habitual bajo el cielo encapotado de Madrid. Para Claudia, cada rincón de ese recinto de hormigón representaba una amenaza latente. Llevaba apenas dos semanas recluida, un suspiro de tiempo que para ella se sentía como una eternidad de pesadilla. Tratando de pasar desapercibida con su uniforme de deporte gris claro, caminaba pegada a los muros, pero el destino ya le había tendido una trampa.
De repente, una figura imponente le cortó el paso. Era Sara, una de las reclusas más peligrosas del módulo, conocida por su crueldad y su absoluto control del patio. Con el cabello recogido en una coleta baja y una mirada gélida, Sara acorraló a la joven contra la fría pared de cemento.

—No cruzas mi patio sin pagar el peaje —siseó Sara, mostrando una sonrisa que helaba la sangre.
Claudia, temblando visiblemente y sintiendo el sudor frío correr por su espalda, apenas pudo articular palabra ante la intimidación física de Sara y sus secuaces, que ya la rodeaban bloqueando cualquier salida.
—Ni siquiera sé qué significa eso —tartamudeó la joven, con los ojos empañados por el pánico.
La situación estaba a punto de tornarse violenta cuando una figura firme se interpuso entre ambas. Blanco, una reclusa de aspecto imponente y cabello muy corto, dio un paso al frente con determinación. Su presencia en el módulo siempre inspiraba respeto, incluso entre los guardias.
—Esto no es asunto tuyo, Blanco —ladró Sara, retrocediendo un milímetro pero manteniendo la postura desafiante.
Blanco no se amedrentó. Al contrario, levantó los puños con una calma pasmosa que demostraba que estaba más que acostumbrada a la violencia del penal.
—Entonces haz que lo sea —desafió Blanco con voz ronca.
Antes de que Sara pudiera reaccionar, una de sus secuaces se lanzó al ataque. Con un movimiento rápido y calculado, Blanco esquivó el golpe y lanzó un contragolpe fulminante que derribó a la agresora. El murmullo de asombro recorrió el patio de inmediato.
—¿Quién es ella? —susurró una reclusa en la distancia, observando la escena con asombro.
Sin perder el tiempo, Blanco tomó a Claudia del brazo y comenzó a caminar a paso rápido hacia las duchas, dejándole un consejo vital para su supervivencia en ese infierno:
—Pégate a la pared cuando pasen las funcionarias. Siempre.
”—susurró una reclusa en la distancia, observando la escena con asombro.Sin perder el tiempo, Blanco tomó a Claudia del brazo y comenzó a…