Traición · Historia

Unos moteros temibles me protegieron de mi ex en una noche de tormenta

Unos moteros temibles me protegieron de mi ex en una noche de tormenta — Parte 2
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Anteriormente: Lucía huía de su despiadado exesposo en mitad de una tormenta cuando se refugió en una cafetería de carretera llena de moteros. Lo que pasó después cambió su destino para siempre.

El enfrentamiento bajo el neón

La puerta de la venta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento helado y lluvia. Mario, el hermanastro de Lucía, entró en el local con una sonrisa de superioridad que no encajaba en absoluto con el ambiente rústico del lugar. Sus dos guardaespaldas, vestidos con trajes oscuros empapados, se colocaron a sus flancos. Al ver a Lucía oculta tras el enorme cuerpo de Jairo, la sonrisa de Mario se ensanchó, llena de desprecio.

—Vaya, Lucía, no sabía que ahora te juntabas con esta clase de gentuza —dijo Mario, ignorando deliberadamente la imponente presencia de los moteros—. Deja de hacer el ridículo. Devuélveme la mochila con los documentos de la herencia y tal vez sea compasivo contigo.

Lucía, temblando pero protegida por la barrera humana de cuero y metal, dio un paso al frente sin salir de la protección de Jairo.

Unos moteros temibles me protegieron de mi ex en una noche de tormenta
—¡No le hagáis caso! —gritó con desesperación—. ¡Esos documentos demuestran que falsificó el testamento de mi padre y que lo envenenó lentamente para quedarse con todo! ¡Es un asesino!

Un murmullo tenso recorrió el bar. Jairo no se movió un solo centímetro. Miró a Mario con una fría indiferencia que pareció descolocar al sofisticado delincuente.

—La chica se queda aquí —declaró Jairo con voz de trueno—. Y vosotros os estáis tardando en dar la vuelta. No nos gustan los mentirosos ni los cobardes que persiguen a mujeres indefensas.

Mario perdió la compostura. Su rostro se desfiguró por la ira y miró a sus guardaespaldas con impaciencia.

—No tengo tiempo para esto. Sacadla de aquí ahora mismo. Si estos idiotas se interponen, hacedles entender quién manda —ordenó Mario con frialdad.

Uno de los guardaespaldas deslizó la mano bajo su chaqueta de diseño, revelando la culata metálica de una pistola semiautomática. El silencio en la cafetería se volvió absoluto, solo roto por el rugido de la tormenta en el exterior. Jairo, sin embargo, no mostró el menor atisbo de miedo; al contrario, una sonrisa gélida y desafiante apareció en su rostro barbudo.

Jairo, sin embargo, no mostró el menor atisbo de miedo; al contrario, una sonrisa gélida y desafiante apareció en su rostro barbudo.