Estaba encerrada por un crimen ajeno, hasta que mi peor enemiga cruzó ese patio
El rugido del patio
El sol de justicia caía plomizo sobre el patio de la prisión de Cruz del Sur, levantando un polvo blanquecino que se pegaba a la piel y dificultaba la respiración. En este rincón olvidado de España, las paredes de hormigón desgastado por el tiempo y las alambradas de espino eran el único horizonte. Un murmullo tenso recorrió el grupo de reclusas vestidas con uniformes deportivos desgastados. En el centro del patio, el tiempo pareció detenerse.
Beatriz, una mujer corpulenta, de trenza rubia descuidada y mirada cargada de odio, detuvo en seco sus brutales golpes contra el saco de arena. Se volvió despacio, fijando sus ojos pequeños en mí. Estela, la mujer a la que todos consideraban una causa perdida, sostenía la mirada sin pestañear. Beatriz esbozó una sonrisa cargada de desprecio.

—¿Has venido para ser mi saco de boxeo? —siseó con una voz ronca que resonó en el patio silencioso.
La provocación flotó en el aire caliente. Las demás presas dieron un paso atrás, sabiendo que intervenir significaba el aislamiento. Agaché la cabeza por un segundo, sintiendo el peso de los tres años de injusticia que llevaba a mis espaldas. Despacio, me coloqué el guante de boxeo, apretando las correas con los dientes. Cuando volví a levantar la vista, mis ojos eran dos puñales de acero.
—A ver cómo esquivas los míos —respondí con una calma que pareció descolocarla.
Beatriz rugió y se lanzó hacia delante con un swing salvaje de derecha que buscaba destrozarme la mandíbula. El viento de su puño me rozó la mejilla, pero mi cuerpo reaccionó por puro instinto de supervivencia. Me agaché con rapidez, esquivando el impacto por milímetros. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, me pegué a su torso, agarré su nuca y le asesté un rodillazo demoledor en el estómago. El gemido de dolor de Beatriz fue ahogado por una ráfaga de golpes rápidos y precisos que impactaron en su rostro. La colosa se tambaleó y cayó pesadamente sobre la tierra seca del patio. Sin mirar atrás, caminę con paso firme hacia la sombra, sabiendo que esto era solo el principio.
”Sin mirar atrás, caminę con paso firme hacia la sombra, sabiendo que esto era solo el principio.