Una reclusa indefensa sufre un ataque y una protectora inesperada arriesga todo por ella
El rincón más oscuro de Picassent
La prisión de mujeres de Picassent no es lugar para los débiles. Para Sara, una excontadora condenada injustamente por los delitos financieros de su exmarido, cada día tras las rejas era una prueba de supervivencia extrema. Aquella tarde de martes, el ambiente en las duchas comunes del módulo cuatro estaba saturado de un vapor espeso y asfixiante, una niebla que apenas dejaba ver las siluetas de las reclusas.
Sara intentaba pasar desapercibida bajo el chorro de agua tibia, pero el peligro en la cárcel nunca avisa. De repente, una zancadilla traicionera la hizo perder el equilibrio. Sus pies resbalaron sobre los azulejos húmedos y su cuerpo impactó violentamente contra el suelo frío de la ducha.

Al levantar la vista, la imponente figura de Begoña, la reclusa más temida del pabellón, bloqueaba su camino. Con una sonrisa cargada de malicia, Begoña vació un bote entero de champú sobre la cabeza de la indefensa mujer. El líquido espeso le cegó los ojos, provocándole un ardor insoportable mientras las risas burlonas del resto de las presas resonaban en las paredes de azulejos.
—¿Qué pasa, princesita? ¿Te falta tu vida de lujos? —se mofó Begoña, disfrutando de la humillación.
Cuando la desesperación de Sara estaba en su punto más alto, una figura atlética apareció en el umbral de la puerta de las duchas. Era Maia, una interna silenciosa que siempre se mantenía al margen de los conflictos del penal. Llevaba el chándal gris reglamentario, pero su postura denotaba una seguridad inquebrantable.
—Ya basta —dijo Maia con voz gélida.
Begoña, furiosa por el atrevimiento, se dio la vuelta con los ojos inyectados en sangre.
—Tú... —gruñó la gigante antes de abalanzarse sobre ella con intenciones brutales.
Sin embargo, Maia no retrocedió. Con una agilidad asombrosa, esquivó la embestida de Begoña, conectó dos golpes fulminantes en su abdomen y, con un movimiento preciso, barrió sus piernas. El cuerpo de Begoña cayó pesadamente al suelo mojado, dejando a las espectadoras en un silencio absoluto de pura estupefacción.
”El cuerpo de Begoña cayó pesadamente al suelo mojado, dejando a las espectadoras en un silencio absoluto de pura estupefacción.