Una reclusa indefensa sufre un ataque y una protectora inesperada arriesga todo por ella
Anteriormente: En el hostil ambiente de la prisión de Cruz del Sur, Sara es acosada sin piedad. Cuando todo parece perdido, Maia interviene, desatando una guerra de poder que cambiará sus vidas tras las rejas.
La venganza entre rejas
La victoria de Maia en las duchas trajo consecuencias inmediatas y devastadoras. En una prisión como Picassent, humillar a la líder de las bandas locales no se tolera. Al día siguiente, el sargento Torres, un funcionario de prisiones corrupto que recibía dinero ilícito de los negocios de Begoña, intervino de manera implacable. Acusó a Maia de haber iniciado una agresión injustificada y la envió de inmediato a las celdas de aislamiento, dejándola completamente incomunicada.
Sara se encontró de pronto sin su única protectora, expuesta a la ira de una fiera herida. Durante todo el día, las miradas de las cómplices de Begoña le advertían que su tiempo se estaba agotando. El miedo la consumía por dentro, paralizando sus extremidades y acelerando sus latidos cardíacos.

El ataque definitivo ocurrió durante el traslado nocturno hacia los talleres de costura. Aprovechando un punto ciego de las cámaras de seguridad y la distracción de los guardias de turno, dos de las secuaces de Begoña me empujaron con violencia hacia la lavandería vieja. El lugar era un laberinto de metal caliente, dominado por el estruendo constante de las secadoras que ahogaba cualquier grito de auxilio.
Allí la esperaba Begoña, con un vendaje en el brazo y una mirada de puro odio homicida. En su mano derecha sostenía un objeto que hizo que a Sara se le helara la sangre: un trozo de metal afilado y brillante, un estilete carcelario de fabricación casera.
—Tu amiguita ya no está aquí para salvarte, rata —siseó Begoña, acorralándola contra una de las máquinas en funcionamiento—. Ahora vas a aprender lo que pasa cuando alguien me falta al respeto.
Begoña levantó el metal afilado, apuntando directamente al rostro de Sara con la intención de dejarle una marca imborrable de por vida. Sara cerró los ojos con fuerza, esperando el dolor del corte, cuando de repente se escuchó un fuerte golpe metálico. La pesada puerta de la lavandería se abrió de golpe.
”La pesada puerta de la lavandería se abrió de golpe.