La pintora de la prisión que descubrió el secreto más oscuro de las guardias
El patio de la prisión de Cruz del Sur siempre olía a humedad y a desesperación. Bajo un cielo plomizo que amenazaba lluvia, Sara intentaba ignorar el frío aferrándose al pincel. Pintar un mural en aquella descolorida pared de hormigón era su única forma de mantener la cordura en mitad de su condena. Cada trazo de color representaba un soplo de aire fresco en un mundo dominado por el gris.
De repente, la paz se quebró. Begoña, una de las reclusas más conflictivas y temidas del módulo, se aproximó con paso pesado. Sin mediar palabra, levantó un gran bote de pintura plástica de color verde brillante y lo volcó directamente sobre la cabeza de Sara. El denso líquido cubrió su rostro, su cabello y sus ojos, dejándola completamente aturdida y sin aire.

—Ahora estás mejor —siseó Begoña con una sonrisa cargada de malicia, disfrutando de la humillación ajena.
Las reclusas que observaban la escena desde lejos desviaron la mirada, intimidadas por la reputación de Begoña. Nadie quería convertirse en su próximo objetivo. Nadie excepto Jésica.
La joven pelirroja se acercó decidida, apartando de un golpe seco el bote que Begoña aún sostenía. Su mirada ardía de indignación.
—Basta —dijo Jésica, interponiéndose entre la agresora y la víctima.
Begoña, sorprendida por la osadía, dio un paso al frente de forma amenajadora, acortando la distancia física.
—¿Quieres ocupar su lugar? —desafió Begoña, antes de abalanzarse con furia.
Pero Jésica no se amedrentó. Con movimientos rápidos y precisos que delataban un entrenamiento previo, esquivó la embestida y conectó una serie de puñetazos secos que derribaron a Begoña sobre la grava del patio. Mientras la agresora se retorcía de dolor en el suelo, Jésica se volvió hacia una atónita Sara.
—Ve a limpiarte eso —le ordenó con voz firme pero compasiva, señalando los barracones.
”Mientras la agresora se retorcía de dolor en el suelo, Jésica se volvió hacia una atónita Sara.—Ve a limpiarte eso —le ordenó con voz fir…