Traición · Ficción breve

Me encerraron por una trampa de mi manager, pero en prisión las reglas cambiaron

Me encerraron por una trampa de mi manager, pero en prisión las reglas cambiaron — Parte 1
Imagen del vídeo original

El rugido del patio

El sol de la tarde caía sin piedad sobre el patio de cemento y tierra de la prisión de Cruz del Sur. Para Sara, el calor extremo no era más que otro obstáculo que superar en su rutina diaria de entrenamiento. Colgado de una viga de hierro oxidada, el desgastado saco de boxeo absorbía cada uno de sus impactos con un sonido seco y rítmico. Sara, de veintiséis años, se movía con la agilidad y precisión de una atleta profesional, cualidades que la habían llevado a la cima del boxeo nacional antes de que una cruel trampa destruyera su vida.

De repente, el murmullo habitual de las reclusas se desvaneció, reemplazado por una tensión palpable. Sara no necesitó girarse para saber quién se aproximaba. Los pasos pesados y decididos de Begoña, la indiscutible líder del módulo de mujeres, resonaban en la tierra seca. Begoña, una mujer de treinta y seis años con una imponente complexión física y una mirada endurecida por años de reclusión, se detuvo a pocos metros de la joven boxeadora.

Me encerraron por una trampa de mi manager, pero en prisión las reglas cambiaron
—¡A ver cuántos golpes aguantas, niñita de papá! —bramó Begoña, lanzándose hacia adelante con un violento puñetazo directo al rostro de Sara.

La reacción de Sara fue instantánea. Con un reflejo pulido en mil combates, esquivó el golpe de Begoña inclinando el torso con elegancia. Aprovechando el impulso y la vulnerabilidad de su oponente, Sara conectó un rodillazo fulminante en el plexo solar de Begoña, seguido de una combinación relámpago de tres golpes directos. El cuerpo corpulento de Begoña se desplomó sobre la tierra, levantando una nube de polvo ante la mirada atónita de las demás presas. Sin pronunciar palabra, Sara respiró hondo y volvió a golpear el saco, ignorando el murmullo de asombro que recorrió el patio.

Sin pronunciar palabra, Sara respiró hondo y volvió a golpear el saco, ignorando el murmullo de asombro que recorrió el patio.