El secreto del coliseo y la marca del príncipe que todos creían muerto
El rugido de la arena
El sol de justicia caía sobre el coliseo de piedra de Toledo, un monumento al poder y a la crueldad donde la arena roja reclamaba vidas para el entretenimiento de los nobles. En el centro de la pista polvorienta, Lucius, un hombre robusto ataviado con ostentosas túnicas de color azul real y bronce, alzó los brazos hacia la multitud que rugía sedienta de sangre. Su voz, potente y teatral, resonó en cada rincón del anfiteatro.
¡Quien mate a la bestia recibirá un kilo del oro del rey!
Al otro lado de la arena, las pesadas puertas de madera y hierro comenzaron a abrirse con un crujido ensordecedor. Daniel, un joven de complexión delgada vestido únicamente con una camisa de lino desgastada y polvorienta, fue empujado hacia el terreno de combate. Sus manos, ásperas por el trabajo duro en los suburbios, sostenían una espada corta que apenas parecía suficiente para defenderse de un lobo, mucho menos de lo que estaba a punto de emerger del foso.

Una enorme bestia de piel grisácea, similar a la roca viva, irrumpió en la arena levantando una densa nube de polvo. Sus ojos inyectados en sangre se fijaron de inmediato en el joven. Con un rugido que hizo vibrar los cimientos del coliseo, la criatura cargó a gran velocidad. Daniel, sintiendo el calor asfixiante y la proximidad de la muerte, retrocedió instintivamente. En su desesperación por moverse con agilidad, se llevó la mano al cuello y tiró del gastado cuello de su camisa de lino.
El gesto dejó al descubierto una cicatriz oscura, profunda y dentada en su clavícula izquierda, una marca inconfundible tallada años atrás. En el palco real, elevado sobre la carnicería, el rey Ricardo se puso en pie de un salto. El anciano monarca, cuya mirada siempre había arrastrado la melancolía de una pérdida irreparable, contempló la marca con los ojos desorbitados y un temblor que sacudió todo su cuerpo.
Esa marca murió con mi hijo.
”El anciano monarca, cuya mirada siempre había arrastrado la melancolía de una pérdida irreparable, contempló la marca con los ojos desorb…