Segundas oportunidades · Ficción breve

Se burlaron de ella en el campo de tiro sin saber quién era su padre

Se burlaron de ella en el campo de tiro sin saber quién era su padre — Parte 1
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El desafío en el fango

El viento del norte soplaba con fuerza sobre el campo de tiro militar de Zaragoza, levantando ráfagas de lluvia helada que calaban hasta los huesos. Lorena se ajustó la capucha de su sudadera marrón desgastada, ignorando las miradas despectivas de los demás reclutas. Ella no vestía el uniforme reglamentario completo porque acababa de ser admitida bajo condiciones extraordinarias, algo que sus compañeros no tardaron en usar en su contra.

—¡La gente como tú no pertenece aquí! —gritó Gabriel, un soldado corpulento de mandíbula cuadrada y mirada arrogante, provocando las risas del resto del pelotón. Para ellos, Lorena era solo una intrusa, una molestia que entorpecía su entrenamiento.

Se burlaron de ella en el campo de tiro sin saber quién era su padre

Lorena no respondió. En su lugar, se concentró en el fusil que sostenía entre las manos. Tenía la culata agrietada, un defecto que desestabilizaría cualquier disparo a larga distancia. Con calma y parsimonia, sacó un trozo de cinta aislante negra y comenzó a envolver con fuerza la madera astillada. Detrás de ella, el general Crawford, un veterano de cabello plateado y condecorado en mil batallas, observaba la escena en silencio.

—¡300 metros! ¡Ronda final! —bramó la voz metálica desde la torre de control.

Gabriel se colocó en su posición, seguro de que Lorena fallaría miserablemente. Sin embargo, la joven se tumbó en el suelo húmedo, adoptando una postura inusual, con los codos ligeramente más cerrados de lo normal y el cuerpo alineado de forma asimétrica. Al verla, el rostro del general Crawford cambió por completo. Sus ojos se abrieron de par en par y dio un paso adelante, intrigado.

—Espera… ¿dónde aprendió eso? —susurró el veterano oficial a su ayudante.

Lorena contuvo la respiración. El mundo pareció detenerse mientras su dedo acariciaba el gatillo. Un único disparo resonó en el valle, un estruendo limpio que rompió el viento. Cuando los monitores mostraron el resultado, un silencio sepulcral se apoderó del lugar: impacto perfecto en el centro del objetivo. Crawford se acercó a ella lentamente, sacó una insignia metálica de su bolsillo y, con voz trémula, le preguntó: «¿Lo recuerdas?».

Crawford se acercó a ella lentamente, sacó una insignia metálica de su bolsillo y, con voz trémula, le preguntó: «¿Lo recuerdas?».