Traición · Ficción breve

La traición tras las rejas que unió a dos enemigas para siempre

La traición tras las rejas que unió a dos enemigas para siempre — Parte 1
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El patio de los lobos

El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de tierra de la prisión de Cruz del Norte, levantando un polvo blanquecino que se pegaba a la garganta. Emilia, vestida con el tosco uniforme beige de las reclusas comunes, caminaba con la cabeza baja, intentando pasar desapercibida entre los grupos que murmuraban junto a la alta valla de espino. No pertenecía a ese lugar hostil, y cada segundo allí era una tortura psicológica. Al sentir que el cordón de su zapatilla se soltaba, se arrodilló lentamente en el suelo polvoriento, ajena al peligro que se cernía sobre ella.

De repente, una sombra robusta se proyectó sobre su figura. Era Rosa, una de las reclusas más conflictivas del módulo, quien siempre llevaba un balón de voleibol como si fuera un cetro de poder. Con una sonrisa cargada de malicia, Rosa lanzó una patada precisa que zancadilleó a Emilia, haciéndola morder el polvo. La caída fue dolorosa, pero las carcajadas que la siguieron dolieron aún más.

La traición tras las rejas que unió a dos enemigas para siempre
—El poste ha dado justo donde debía, ¿verdad? —burló Rosa, celebrando su crueldad con un par de cómplices que observaban desde la distancia.

Antes de que Emilia pudiera incorporarse, Claudia, la enfermera del penal, apareció en escena. Pero su uniforme médico no traía compasión. Con paso firme, Claudia se dirigió hacia Jésica, una reclusa rubia y fuertemente tatuada que observaba la escena con aparente indiferencia desde un rincón del patio. Claudia se plantó ante ella, desafiante.

—Te gusta jugar sucio, ¿verdad? —escupió la enfermera con desprecio, antes de abalanzarse hacia Jésica gritando con rabia—: ¡Tírala al suelo!

Lo que siguió fue un estallido de violencia coreografiada. Jésica, con unos reflejos asombrosos, esquivó el embate de Claudia. Cuando Rosa intentó intervenir cargando con todo su peso, Jésica bloqueó el ataque con una precisión militar. Con un movimiento fluido, asestó un rodillazo certero en el abdomen de Rosa, seguido de un seco derechazo que la mandó de cabeza a la tierra. Jésica quedó de pie, dominante y victoriosa, bajo la intensa luz del día.

Jésica quedó de pie, dominante y victoriosa, bajo la intensa luz del día.