Segundas oportunidades · Ficción breve

Me culparon injustamente y en la cárcel tuve que luchar para limpiar mi nombre

Me culparon injustamente y en la cárcel tuve que luchar para limpiar mi nombre — Parte 1
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El patio del infierno

El sol del mediodía caía implacable sobre el patio de la prisión de Soto del Real, calentando el cemento hasta volverlo casi insoportable. En una esquina, rodeada de rejas de alambre de espino y el murmullo hostil de decenas de reclusas, Sara se aferraba a la barra de dominadas. A sus veinticuatro años, su cuerpo atlético reflejaba la disciplina que había adoptado para sobrevivir al encierro. Con el cabello recogido en una coleta alta y vestida con ropa deportiva desgastada, bajó de la barra con suavidad, respirando hondo.

No tuvo tiempo de secarse el sudor. Una sombra densa y amenazadora se proyectó sobre ella. Begoña, una reclusa de treinta años con el pelo rapado y una camiseta naranja holgada, dio un paso al frente para cerrarle el paso. Begoña no actuaba por capricho; seguía las órdenes de quienes querían ver a Sara destruida.

Me culparon injustamente y en la cárcel tuve que luchar para limpiar mi nombre

A su alrededor, el resto de las presas comenzó a jalear, buscando un espectáculo sangriento en la monotonía del encierro. Desde el fondo del patio, una voz ronca gritó con saña:

¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! ¡Dale una paliza!

Begoña sonrió con crueldad, cerrando los puños. Con un movimiento rápido y violento, se abalanzó sobre la joven.

¡Vamos!

El primer puñetazo de Begoña cortó el aire con fuerza, pero Sara ya no era la joven indefensa que había entrado en prisión dos años atrás. Con reflejos felinos, esquivó el golpe inclinando el torso. Bloqueó el siguiente impacto con un desvío preciso de su antebrazo y, aprovechando el impulso de su oponente, lanzó una patada baja que impactó en la rodilla de Begoña.

Antes de que la brutal agresora pudiera recuperar el equilibrio, Sara dio un paso firme hacia adelante y le propinó un rodillazo devastador directamente en el plexo solar. El impacto fue seco, definitivo. Begoña soltó un quejido sordo y cayó de rodillas sobre la tierra del patio, incapaz de respirar. Sara se quedó de pie sobre ella, jadeando pero con la mirada firme, demostrando a todo el patio que ya no sería la víctima de nadie.

Sara se quedó de pie sobre ella, jadeando pero con la mirada firme, demostrando a todo el patio que ya no sería la víctima de nadie.