Aquella noche de tormenta, unos moteros rudos se convirtieron en mis inesperados salvadores
Un refugio en mitad de la tempestad
La tormenta azotaba la carretera nacional con una furia inusitada, convirtiendo la noche en una cortina impenetrable de agua y viento. Lucía corría desesperada, sintiendo el frío calar sus huesos a través de su fina camisa rosa de manga larga. El barro salpicaba sus piernas y el pánico aceleraba los latidos de su corazón. Detrás de ella, las luces de un todoterreno negro recortaban la oscuridad. Sabía perfectamente quién conducía ese vehículo: Mateo, el hombre que juró amarla y que ahora la perseguía como a una presa.
Divisó a lo lejos el neón parpadeante de "El Cruce", un viejo bar de carretera con aire retro. Sin pensarlo dos veces, empujó las pesadas puertas de cristal y entró, buscando desesperadamente un lugar donde ocultarse. El ambiente interior era cálido, impregnado de olor a café cargado y cuero húmedo. En la barra de azulejos ajedrezados, un grupo de moteros de aspecto rudo conversaba en voz baja. Destacaba entre ellos un hombre corpulento, calvo y con una poblada barba canosa que imponía un respeto inmediato.

Con las manos temblando y la respiración entrecortada, Lucía se acercó a él y le dio unos suaves golpecitos en la espalda.
—Eh, señor... —susurré con la voz rota por el miedo.
El gigante de cuero se giró lentamente. Sus ojos oscuros y analíticos recorrieron el rostro empapado de la joven antes de hablar con una voz profunda y ronca.
—¿Qué pasa, chaval? —preguntó, mostrando una hosca pero atenta curiosidad.
Lucía no pudo articular palabra; simplemente señaló con la mirada hacia la entrada acristalada, donde el todoterreno negro acababa de aparcar bruscamente sobre la grava mojada.
—Mira atrás —consiguió balbucear.
Jairo, el líder de los moteros, miró hacia el cristal empañado por el que se vislumbraba la silueta de un hombre enfurecido saliendo del coche. Jairo asintió con gravedad.
—Bien. Quédate cerca —ordenó con firmeza.
Se levantó de su taburete, revelando una estatura imponente, y comenzó a caminar por el pasillo central del local, guiando a Lucía detrás de él. El resto de su grupo, hombres corpulentos y curtidos por la carretera, se levantaron de inmediato para formar una barrera protectora.
—Que nadie la toque —declaró Jairo con autoridad.
—Lo sabemos —respondió Hugo, su compañero más cercano, cerrando el paso a cualquier peligro exterior.
”El resto de su grupo, hombres corpulentos y curtidos por la carretera, se levantaron de inmediato para formar una barrera protectora.—Que…