Segundas oportunidades · Ficción breve

Aquella noche de tormenta, unos moteros rudos se convirtieron en mis inesperados salvadores

Aquella noche de tormenta, unos moteros rudos se convirtieron en mis inesperados salvadores — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Lucía entró desesperada en un bar de carretera huyendo de su captor, jamás imaginó que el hombre más temido del lugar se convertiría en su único escudo.

La confrontación bajo el neón

Las puertas de "El Cruce" se abrieron de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento helado que hizo oscilar las lámparas del techo. Mateo entró con paso firme, sacudiéndose las gotas de agua de su impecable abrigo de marca. Su mirada altiva barrió el bar con desprecio hasta que localizó a Lucía, medio oculta tras la imponente figura de Jairo. La rabia transformó sus facciones, pero intentó mantener esa máscara de superioridad que siempre utilizaba para salirse con la suya.

—Lucía, deja de hacer el ridículo y sal de ahí ahora mismo —exigió Mateo, alzando la voz—. No tienes adónde ir, y sabes que esto solo empeorará las cosas para ti.

Nadie en el local se movió. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Jairo permaneció inmóvil, con los brazos cruzados sobre su chaleco de cuero, observando al recién llegado con una mezcla de frialdad y desdén.

Aquella noche de tormenta, unos moteros rudos se convirtieron en mis inesperados salvadores

Al ver que su intimidación no funcionaba, Mateo recurrió a lo que mejor sabía hacer: el dinero. Sacó un grueso fajo de billetes de su bolsillo interior y lo arrojó con soberbia sobre una de las mesas de madera.

—No sé cuánto os ha prometido esta muerta de hambre, pero yo os pagaré el triple por apartaros de mi camino. No os metáis en problemas de pareja que no os incumben —dijo con una sonrisa arrogante.

Jairo soltó una carcajada seca que heló la sangre de Mateo. Dio un paso al frente, haciendo que el suelo de madera crujiera bajo sus pesadas botas.

—Aquí no aceptamos propinas de cobardes que persiguen a mujeres indefensas en mitad de la noche —sentenció Jairo con voz de trueno—. Coge tu dinero y lárgate antes de que perdamos la paciencia.

La humillación encendió la furia de Mateo. Perdiendo por completo el control, metió la mano en su chaqueta y extrajo una pequeña pero reluciente pistola plateada, apuntando directamente al pecho de Jairo. Un grito de terror escapó de la garganta de Lucía, temiendo haber causado una tragedia irreparable.

Un grito de terror escapó de la garganta de Lucía, temiendo haber causado una tragedia irreparable.