Traición · Ficción breve

La traición que me llevó a prisión casi me cuesta la vida tras las rejas

La traición que me llevó a prisión casi me cuesta la vida tras las rejas — Parte 1
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El precio de la lealtad

El sol del mediodía caía como un mazo de plomo sobre el patio de la prisión de Soto del Real. El aire estaba saturado de polvo fino, sudor y el olor metálico de las vallas de alambre de espino que limitaban el horizonte de las reclusas. Sara, con sus veintiocho años de juventud y una determinación templada a base de injusticias, se dejó caer de la barra de dominadas. Había completado su última serie de entrenamiento diario. El sudor le resbalaba por el cuello, empapando su camiseta gris de presidiaria, y se apresuró a recogerse el cabello rubio en una coleta alta para despejar su rostro.

Para Sara, el ejercicio no era una distracción, sino un mecanismo de pura supervivencia. Hacía seis meses que su vida se había desmoronado cuando su hermana menor, Lucía, la incriminó en un monumental desfalco financiero. Por salvar a su familia del colapso, Sara aceptó una culpa que no le correspondía, creyendo ingenuamente en las promesas de ayuda de su hermana. Sin embargo, una vez tras las rejas, el silencio de Lucía se convirtió en la confirmación de la traición más dolorosa.

La traición que me llevó a prisión casi me cuesta la vida tras las rejas

De repente, una sombra se interpuso entre ella y la zona de las duchas. Era Begoña, una reclusa de treinta y cuatro años, de complexión robusta y cabello oscuro cortado al estilo pixie. Su camiseta deportiva estaba manchada y en sus ojos brillaba una hostilidad gratuita, alimentada por el aburrimiento y la jerarquía cruel de la cárcel. A su alrededor, un grupo de presidiarias comenzó a formar un círculo, alentando el conflicto.

—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! ¡Dale una paliza! —gritó una voz estridente desde el fondo del patio.

Begoña apretó los puños, adoptando una postura de combate profesional. No había espacio para las palabras en ese patio de tierra seca.

—¡Vamos! —bramó Begoña, lanzando un puñetazo directo al mentón de Sara.

Pero Sara no era la misma mujer indefensa que había entrado por esas puertas meses atrás. Con un movimiento felino, esquivó el puñetazo, desvió el segundo ataque con el antebrazo y, aprovechando el desequilibrio de su oponente, lanzó una patada baja que hizo tambalear a la robusta mujer. Sin darle tiempo a reaccionar, Sara la sujetó del cuello y le propinó un brutal rodillazo en el torso que dejó a Begoña sin respiración, cayendo de rodillas sobre la tierra batida.

Sin darle tiempo a reaccionar, Sara la sujetó del cuello y le propinó un brutal rodillazo en el torso que dejó a Begoña sin respiración,…