Traición · Ficción breve

Mi ex me atacó en el hospital sin saber quién era la capitana que me protegía

Mi ex me atacó en el hospital sin saber quién era la capitana que me protegía — Parte 1
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El violento despertar de Sara

La luz blanca de la sala de reanimación del Hospital Universitario de Madrid era cegadora. Sara, de veintinueve años, sentía que cada centímetro de su cuerpo pesaba una tonelada. El collarín cervical le oprimía la garganta, limitando sus movimientos y recordándole la brutalidad del accidente que casi le cuesta la vida en la autopista A-6. A su lado, la capitana Irene Martínez de la Policía Nacional permanecía firme. Vestía su uniforme oscuro impecable, con guantes blancos que aportaban una solemnidad casi religiosa a la escena. Irene no solo representaba la ley; en su mirada cansada pero protectora había un afecto que trascendía el deber profesional.

—Tranquila, Sara. Estás a salvo aquí. La pesadilla ha terminado —le susurró la capitana, acariciando suavemente su mano con una ternura inusual en una oficial de su rango.

Mi ex me atacó en el hospital sin saber quién era la capitana que me protegía

Sin embargo, la paz duró apenas un suspiro. De repente, un grito salvaje y cargado de odio resonó en el pasillo, rompiendo el silencio estéril de la planta de traumatología.

¡Argh! ¡Suéltame, joder!

La puerta de la habitación se abrió de golpe de un violento empujón. Marcos, un hombre de veintiocho años con la mirada desquiciada y una camiseta gris de algodón empapada de sudor, irrumpió en el cuarto tras zafarse con una fuerza descomunal del oficial del GEO que custodiaba la entrada. Sin dar tiempo a reaccionar, Marcos se abalanzó sobre la camilla de Sara, clavando sus dedos con saña en el cabello de la joven.

Sara ahogó un grito de puro terror mientras su cabeza era sacudida bruscamente, amenazando con agravar sus lesiones cervicales. Pero la capitana Martínez no dudó. Con una velocidad y precisión letales, la oficial se interpuso entre el agresor y la víctima. Lanzó dos golpes secos a los flancos de Marcos y, con un grito de batalla que retumbó en las paredes de la habitación, propinó una espectacular patada alta directamente al pecho del atacante.

¡Ja! —bramó la capitana al tiempo que el impacto enviaba a Marcos rodando por el suelo.

El oficial del GEO entró de inmediato, inmovilizando al violento agresor y arrastrándolo fuera del cuarto mientras este profería amenazas de muerte. Sara se cubrió el rostro con ambas manos, sollozando desconsoladamente en la cama.

Sara se cubrió el rostro con ambas manos, sollozando desconsoladamente en la cama.