Me encerraron por un crimen que no cometí, pero la prisión me enseñó a defenderme
El primer día en el infierno
El comedor de la prisión de Soto del Real olía a desinfectante barato y a desesperanza. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido constante, proyectando sombras alargadas sobre las mesas de metal donde decenas de reclusas vestidas con uniformes deportivos grises comían en silencio. Entre ellas estaba Sara, una joven madrileña de mirada decidida que intentaba asimilar cómo su vida perfecta se había desmoronado en cuestión de semanas tras ser acusada falsamente de fraude financiero.
Mientras Sara observaba fijamente su bandeja, una sombra imponente se proyectó sobre su mesa. Era Begoña, una reclusa veterana conocida por su crueldad y por controlar el pabellón con puño de hierro. Sin mediar palabra, Begoña se sentó pesadamente a su lado y, con una sonrisa burlona, arrebató un trozo de pan de la bandeja de Sara.

—Las nuevas tienen que pagar su peaje, cariño —susurró Begoña con tono amenazante.
Sara no se inmutó. En lugar de amedrentarse o mostrar debilidad, se limitó a clavar sus ojos oscuros en la agresora. El ambiente a su alrededor se volvió gélido. Sabía que si cedía en ese momento, se convertiría en la presa de todos en el patio.
—Ya basta. Levántate —respondió Sara con una calma que desconcertó a la veterana.
Sin esperar respuesta, Sara se puso en pie y comenzó a alejarse con paso firme. Begoña, enfurecida por el desplante ante la mirada de las demás presas, se lanzó hacia ella por la espalda. Pero Sara estaba preparada. Gracias a sus años de entrenamiento en defensa personal, esquivó el ataque con un movimiento fluido, sujetó el brazo de Begoña y utilizó su propio peso para proyectarla con fuerza contra el suelo de cemento. El golpe resonó en todo el comedor. Sara plantó su pie con firmeza a milímetros del rostro de Begoña, dejándole claro quién tenía el control ahora, antes de alejarse bajo la mirada indiferente de un guardia que simulaba no ver nada.
”Sara plantó su pie con firmeza a milímetros del rostro de Begoña, dejándole claro quién tenía el control ahora, antes de alejarse bajo la…