Defender a una reclusa indefensa desenterró un oscuro secreto que cambiaría mi destino
Tensión en el comedor
El comedor del penal de mujeres de Soto del Real siempre olía a una mezcla rancia de desinfectante industrial y rancho frío. Bajo la parpadeante luz de los tubos fluorescentes, las internas se agrupaban en mesas de acero inoxidable, hablando en susurros y vigilando sus espaldas. En este ecosistema hostil, cualquier muestra de debilidad era una sentencia de muerte social.
Ese día, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Maia, una joven menuda de apenas veinticuatro años con una larga trenza castaña, temblaba frente a su bandeja de comida. No llevaba ni dos días en el módulo y ya se había convertido en el objetivo de las depredadoras. De repente, una sombra corpulenta se cernió sobre ella. Era Begoña, una reclusa de treinta y cuatro años con el pelo cobrizo rapado por los lados y una mirada cargada de pura malicia.

Sin previo aviso, Begoña levantó un cubo lleno de agua gris de fregar los suelos y lo vació por completo sobre la cabeza de Maia. La joven ahogó un grito de terror mientras el agua sucia empapaba su uniforme gris. Las risas burlonas de las aliadas de Begoña llenaron el silencio del comedor.
—Esta es mi casa. Comes cuando yo diga —siseó Begoña, inclinándose sobre la temblorosa muchacha.
Ninguna de las reclusas se atrevió a intervenir, temiendo las represalias. Fue entonces cuando Claudia, de veintiocho años, de complexión atlética y con el pelo oscuro recogido en un moño desordenado, se levantó de su banco de acero. Caminó con paso firme y decidido, plantándose frente a la acosadora.
—Esta habitación no es de nadie —declaró Claudia, con una calma que helaba la sangre.
Begoña, enfurecida por el desafío, se abalanzó sobre ella con un rugido. Lo que siguió fue una pelea caótica y violenta. Claudia esquivó con agilidad un golpe demoledor de Begoña, devolviendo un codazo preciso a otra interna que intentaba flanquearla. Con movimientos rápidos y precisos, propios de alguien que sabía pelear para sobrevivir, Claudia conectó un derechazo letal directo al rostro de Begoña. El golpe definitivo mandó a la matona al suelo de cemento, derrotada y humillada ante la mirada atónita de todo el penal.
”El golpe definitivo mandó a la matona al suelo de cemento, derrotada y humillada ante la mirada atónita de todo el penal.