Segundas oportunidades · Historia

Defender a una reclusa indefensa desenterró un oscuro secreto que cambiaría mi destino

Defender a una reclusa indefensa desenterró un oscuro secreto que cambiaría mi destino — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Claudia decidió plantarle cara a la matona de la prisión para salvar a una joven indefensa, no imaginaba que ese acto de valentía la arrastraría al centro de una peligrosa conspiración.

El precio de la justicia

La victoria en el comedor tuvo un precio inmediato. Los funcionarios de prisiones irrumpieron con porras, reduciendo a las implicadas. Claudia y Begoña fueron arrastradas de inmediato a las celdas de aislamiento en el subsuelo del penal. En esa penumbra asfixiante, donde las horas se medían por el goteo de las tuberías, Claudia descubrió la terrible realidad.

Durante la noche, el eco de las voces de dos guardias corruptos se filtró por la rendija de su puerta de metal. Hablaban de Maia. No era una interna común; su padre era un juez de la Audiencia Nacional que lideraba una investigación contra una poderosa red de corrupción política. Maia custodiaba unas pruebas digitales que podían destruir a altos cargos del gobierno. El director del penal había recibido un soborno millonario para garantizar que la joven sufriera un accidente mortal dentro de la prisión.

Defender a una reclusa indefensa desenterró un oscuro secreto que cambiaría mi destino

Al día siguiente, tras ser liberada del aislamiento, Claudia buscó desesperadamente a Maia en el patio. La vio entrar escoltada por dos funcionarios hacia el pabellón de la lavandería industrial. Era un sector aislado, conocido por tener puntos ciegos donde las cámaras de seguridad misteriosamente dejaban de funcionar. Claudia supo que el plan de asesinato estaba en marcha y que no tenía tiempo que perder.

Corrió esquivando los controles y se coló en la lavandería. El vapor denso de las secadoras y el olor a cloro inundaban el ambiente. En el fondo de la sala, Maia estaba acorralada contra una de las enormes máquinas. Frente a ella no solo estaba Begoña con una navaja artesanal, sino también el sargento de guardia, un hombre frío y despiadado, que sostenía un cable de alta tensión pelado.

—Vaya, la salvadora ha venido a unirse a la fiesta —dijo el sargento con una sonrisa sádica, mientras cerraba la pesada puerta metálica con un cerrojo de hierro.

Claudia se interpuso entre los agresores y la aterrorizada joven. Estaban atrapadas en un callejón sin salida, sin testigos y con la muerte acechando en cada esquina.

Estaban atrapadas en un callejón sin salida, sin testigos y con la muerte acechando en cada esquina.