Secretos de familia · Historia

El misterioso reloj de mi pasado que desató una tormenta de secretos familiares

El misterioso reloj de mi pasado que desató una tormenta de secretos familiares — Parte 1
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El desierto de Almería siempre ha sido un lugar idóneo para enterrar el pasado. El aire seco y caluroso soplaba contra la estructura de hierro oxidado de la vieja torre de vigilancia, levantando nubes de arena fina que se colaban por los ojos. Beatriz, con su característico pelo corto y canoso de estilo pixie, se ajustó la chaqueta de lona beige antes de sentarse frente al rústico banco de madera. A sus setenta años, sus manos no temblaban. Sostenía un pesado rifle de cerrojo con la familiaridad de quien conoce cada uno de sus engranajes. A su lado, César, un joven piloto de carreras que aún vestía su impoluto mono blanco, la observaba con una mezcla de impaciencia y escepticismo juvenil.

No quiero que ese rifle te haga caer hacia atrás, hombre.

Beatriz no se dignó a mirarlo. Para ella, la palabrería de los jóvenes era solo ruido. Con un movimiento firme y seco, tiró del cerrojo de acero, introduciendo una bala en la recámara. El sonido del metal resonó con una nitidez casi poética en la inmensidad del páramo. Apoyó la culata contra su hombro, cerró el ojo izquierdo y alineó la retícula de la mira telescópica con la lejana diana de papel.

El misterioso reloj de mi pasado que desató una tormenta de secretos familiares
El viento dice la verdad si sabes escucharlo —susurró con voz apenas audible.

Contuvo la respiración. El mundo pareció detenerse por un instante eterno. El disparo retumbó en los cañones de piedra caliza, y un milisegundo después, la bala perforaba el centro exacto del objetivo, dejando un agujero perfecto. César se quedó petrificado, incapaz de articular palabra. Fue en ese momento cuando Víctor, un hombre corpulento con una gastada chaqueta de aviador de cuero marrón, dio un paso adelante y se quitó las gafas de sol. Su mirada no estaba en la diana, sino fija en la muñeca de Beatriz. El retroceso del arma había desplazado su manga, dejando al descubierto un reloj antiguo de correa de cuero con una misteriosa ancla grabada en su parte posterior. Víctor, visiblemente perturbado, se acercó con paso amenazante.

¿De dónde has sacado ese reloj? No debería existir aquí —exigió con voz temblorosa.

No debería existir aquí —exigió con voz temblorosa.