Protegí a una anciana indefensa en prisión sin saber quién era su poderoso hijo
Una chispa de justicia en el infierno de cemento
El aire en las cocinas del centro penitenciario era denso, impregnado de un olor a rancho industrial y humedad acumulada. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido constante y molesto, arrojando sombras inestables sobre las pesadas mesas de metal. Para la mayoría de las reclusas, ese turno era un castigo diario, pero para Claudia, una anciana de manos frágiles y cabello blanco como la nieve, era una tortura física extrema.
Beatriz, una reclusa corpulenta que controlaba el patio con puño de hierro, vio en la fragilidad de Claudia la oportunidad perfecta para divertirse. Con un empujón violento, acorraló a la anciana contra una de las gigantescas marmitas de sopa hirviendo. El vapor caliente envolvía el rostro aterrorizado de Claudia, quien apenas podía sostenerse en pie.

"A ver si así aprendes a moverte más rápido, vieja inútil", siseó Beatriz, empujándola un poco más, rozando el peligroso borde metálico.
Nadie se atrevía a intervenir. Las demás internas bajaban la mirada, fingiendo estar ocupadas con sus tareas para no convertirse en la siguiente víctima. Pero en el fondo de la cocina, Samanta observaba la escena. Con la cabeza rapada, tatuajes en la clavícula y un pasado marcado por la protección de los suyos, sintió que la rabia le quemaba el pecho. No iba a permitirlo.
Con pasos rápidos y decididos, Samanta cruzó el suelo resbaladizo. Antes de que Beatriz pudiera empujar definitivamente a la anciana, Samanta la sujetó firmemente del hombro, apartándola con una fuerza asombrosa. Beatriz, enfurecida por la intromisión, se giró lanzando un golpe salvaje directo a la cara de Samanta.
La esquiva fue limpia. Con reflejos felinos, Samanta bloqueó un segundo impacto y desató una ráfaga fulminante de puñetazos directos al pecho de la matona. Beatriz se tambaleó hacia atrás y cayó pesadamente sobre el frío suelo de hormigón, sin aire en los pulmones. Con una frialdad implacable, Samanta colocó su zapatilla blanca sobre el pecho de la derrotada bully, inclinándose para sentenciar:
"Que no vuelva a verte acosándola."
”Con una frialdad implacable, Samanta colocó su zapatilla blanca sobre el pecho de la derrotada bully, inclinándose para sentenciar:"Que n…