Protegí a una anciana indefensa en prisión sin saber quién era su poderoso hijo
Anteriormente: Cuando Samanta defendió a una anciana vulnerable de las garras de la matona de la prisión, no esperaba que ese acto de valentía desenterrara un secreto familiar que cambiaría su destino para siempre.
El precio de la valentía
La humillación de Beatriz no quedaría sin consecuencias en un ecosistema tan corrupto como aquel penal. Aunque Claudia abrazó a Samanta con lágrimas en los ojos, agradeciéndole haberle salvado la vida, ambas sabían que la tregua sería corta. Beatriz tenía hilos que mover, favores que cobrar y guardias que compraba con el dinero ilícito que ingresaba su banda desde el exterior.
Esa misma noche, el silencio del bloque se rompió con el chirrido metálico de la celda de Samanta. Dos oficiales conocidos por su brutalidad la sacaron a rastras, sin mediar palabra. No la llevaban a la oficina del director para un parte disciplinario; la arrastraron hacia los sótanos del módulo de aislamiento, una zona ciega para las cámaras de seguridad del centro.

Allí, las reglas habituales no se aplicaban. El plan era evidente: dejar a Samanta encerrada e indefensa para que Beatriz y sus secuaces pudieran entrar a cobrarse su venganza sin dejar testigos oficiales. Tirada en el suelo húmedo de la celda de castigo, Samanta se preparó para la pelea de su vida. No tenía miedo de morir, pero se negaba a dejarse vencer sin luchar.
Los minutos transcurrieron lentos, tortuosos. De repente, el sonido de botas apresuradas resonó en el pasillo, pero no eran los pasos cautelosos de unas reclusas buscando venganza. Era un grupo numeroso. La puerta de la celda se abrió de par en par, y la luz cegadora del pasillo reveló una escena inverosímil.
El director del penal, pálido y sudoroso, estaba flanqueado por agentes de la policía judicial que mantenían esposados a los guardias corruptos que la habían trasladado. Junto a ellos, un hombre de mediana edad, vestido con un traje de sastre impecable y una mirada cargada de determinación, entró en el habitáculo de hormigón. Su sola presencia irradiaba un poder absoluto que contrastaba con la miseria del lugar.
"¿Es ella?", preguntó el hombre elegante, fijando sus ojos oscuros en Samanta. El director asintió con un hilo de voz, visiblemente aterrorizado por la situación.
”El director asintió con un hilo de voz, visiblemente aterrorizado por la situación.