Sobrevivió al infierno de la prisión para cobrarse la traición de quienes la encerraron
El patio de la discordia
El sol de justicia caía sobre el patio de hormigón de la prisión de Soto del Real, un espacio asfixiante delimitado por altas vallas metálicas coronadas con concertinas que cortaban el cielo azul. Entre el murmullo constante de las internas y el eco de los pasos sobre el cemento, Diana caminaba con la mirada fija en el suelo, vestida con el degradante uniforme naranja. Su silueta delgada y su melena castaña destacaban en aquel entorno hostil. Sin embargo, su aparente tranquilidad no era más que una fachada; por dentro, la rabia acumulada durante meses de injusticia amenazaba con desbordarse.
De repente, una sombra corpulenta se cruzó en su camino. Era Ingrid, una reclusa de hombros anchos y cabello rubio platino, conocida por su brutalidad y por ser el brazo ejecutor de las peores mafias dentro del penal. Con un movimiento rápido y malintencionado, Ingrid estiró la pierna, metiendo el pie justo cuando Diana avanzaba. El impacto fue inevitable. Diana salió despedida hacia adelante, estrellándose violentamente contra el suelo de cemento áspero.

A pocos metros, la oficial de prisiones Teresa, impecable en su uniforme azul marino, observó la escena con una sonrisa de desprecio. En lugar de intervenir, soltó una carcajada estridente antes de gritar sin convicción:
¡Ya basta, dejen de jugar como niñas!
Pero el juego acababa de terminar para Diana. Apoyándose en las gradas metálicas, se puso en pie lentamente. El dolor físico no era nada comparado con el fuego que ardía en su pecho. Se dio la vuelta y caminó con determinación hacia su agresora. Ingrid la esperó con una mueca burlona y lanzó un puñetazo directo a su rostro. Pero Diana, anticipando el movimiento, esquivó el golpe con una agilidad asombrosa y contraatacó con una combinación fulminante de golpes directos a las costillas y al mentón de Ingrid. La giganta rubia retrocedió tambaleándose, incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir, mientras Diana se alejaba con el rostro impasible, demostrando que ya no le temía a nada ni a nadie.
”La giganta rubia retrocedió tambaleándose, incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir, mientras Diana se alejaba con el rostro impasib…